Editoriales, Lucerna No. 9

Editorial de Lucerna N° 9

Portada de Lucerna No. 9

Para cualquiera que conoce aunque sea un poco de lo que se viene haciendo y leyendo en la literatura peruana actual, no deja de sorprender el divorcio existente entre lo que un sector de la crítica académica mediática pretende postular como relevante a nivel literario y su absoluta falta de significación para el lector que se encuentra fuera de las redes de transmisión de un poder que se alimenta de sí mismo y que vive de espaldas a la realidad. Este poder alcanza notoriedad y homogeneidad a costa de aislarse del flujo vivo de la diversidad y heterogeneidad de la creación literaria peruana, para reproducir únicamente aquello que contribuye a repetir sus modos y a consolidar el statu quo.

En un país como el nuestro, donde las formas de difusión literaria son inexistentes o precarias, y es necesaria una labor crítica que contribuya a conocer mejor, ordenar y generar un diálogo entre las diversas literaturas que coexisten en nuestro territorio, muchos académicos peruanos han renunciado a su rol de intermediarios entre los lectores y los creadores literarios, para intentar erigirse en un poder paralelo que solo busca engrandecerse por encima de la auténtica creación, mostrando un total desinterés por el estado actual de la literatura, la discusión de sus procesos y la forma en que estos afrontan la cambiante realidad peruana. De este modo, no solo incumplen una labor crítica esencial, sino que con agendas personales o de mercado, intentan fungir de árbitros de la cultura, ofreciendo un panorama deformado e interesado de la literatura. Porque no sirven a esta: se sirven de ella para su propio y estéril estrellato.

Una impostura semejante solo puede mantenerse construyendo una virtualidad que, ante el caos de la producción literaria actual y su falta de análisis y ordenamiento críticos, proyecta una imagen de consenso que ofrece un cómodo refugio a quienes por pereza o desinterés han renunciado a la búsqueda de lo nuevo y lo original dentro de lo que no hace más que repetirse. El crítico y el creador que no han renunciado a sus deberes artísticos, deben resistirse a entronizar dicho poder y ser parte de sus redes de clientelismo literario que, a cambio de una precaria y prestada visibilidad, lo único que logran es ocultar y silenciar todo cuanto hay de vivo en las letras peruanas y condenar al arribista literario a la insignificancia e irrelevancia para el lector real.

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