Lucerna N°13, Reseñas

Reseña de Ejercicios contra el Alzheimer, de Virginia Benavides (Lucerna N°13)

Reseña de Ejercicios contra el Alzheimer de Virginia Benavides, publicada en Lucerna N°13

Publicado el año pasado, Ejercicios contra el Alzheimer es un libro de poemas en prosa que se acerca a la pérdida de las facultades como la experiencia decisiva de la condición humana. Lejos del afán de distinción que prolifera en mucha literatura reciente, y transforma la enfermedad en capital simbólico, este libro se acerca al Alzheimer para mostrar, en sus derivas imaginativas, sentencias y visiones, que la mímesis del deterioro del cuerpo sigue siendo, en tiempos de giro subjetivo y neoliberalismo, la única posibilidad para la anagnórisis. Asuntos mayores definen una ambiciosa pero bien ejecutada incursión en el azar, caótica solo en su apuesta por la estética de asociación libre que define la poesía en prosa de fines del siglo XIX e inicios del XX en tradiciones literarias distintas a la española y que tienen una primera versión local en los Motivos de Eguren, que Benavides moderniza según sus intereses, produciendo fragmentos narrativos, visuales, rítmicos y reflexivos en sus poemas.

Aunque el libro se compone de dos secciones —una no titulada que lo abre, y una segunda, titulada “Desciertos”, que lo cierra—, Ejercicios contra el Alzheimer es un libro cohesivamente existencial, que parece fundado en la convicción de que la corporalidad es la experiencia humana más decisiva. Lejos de alguna aspiración de logocentrismo desde la carne o poética de la erotización del cuerpo, los poemas de este libro recrean cómo los actos, y más concretamente su materialidad, preceden toda labor del lenguaje. Tras el enfoque en los actos, los poemas parecen desmontar el malentendido que reviste de sentido común la separación entre experiencia del cuerpo y experiencia de la mente. En ese sentido, la apuesta simultánea por el estar y ser (18) de los poemas de Ejercicios recrean e indagan la relación entre cuerpo, dolor y existencia en afinidad con los esfuerzos de Eielson en Noche oscura del cuerpo y Sin título. Lejos de las poéticas metafísicas y posmodernas que definen a Eielson, Benavides elige otros recursos expresivos y otra lucidez en su conciencia del cuerpo para exponer la fragilidad de la coherencia que persigue el lenguaje: “El signo que resuena en esta lengua azul, en este aleteo mudo, en esta insonoridad no es más que el descifre de resanar una lengua agrietada. Si es que resanar significa un ancla. Si es que ancla es el roce de fondos que se evaporan apenas sonorizan.” Al producir sentido y ritmo a partir de repeticiones, el poema muestra cómo las experiencias psíquicas y la poesía son eventos antes que fines. En el segundo poema, el yo poético dista de reclamar superioridad ante su entorno, y recuerda más bien que la posibilidad de afirmar la primera persona es el fruto de la relación exocerebral que establece el cuerpo: “Viveros y árboles frutales, armonía de nado dorsal, son mi ayudamemoria. Soy el que estriba y recae en esta danza quieta… Zumba que zumba atrapo esta imagen y aspiro mi zumo para recordar” (16). Recuerdo, respiración, visión e imaginación son, en la estética de restitución del libro, funciones comunes a todos los mortales.

Siguiendo las claves anteriores, otros poemas notables de Ejercicios se ocupan de la dimensión germinal, material, de la maternidad (19), de formas varias del sinsentido y el absurdo, como la función social del lenguaje en las presentaciones de libros (21), el discurso y la experiencia de la belleza (22), la dimensión terapéutica y formal de la escritura (29), la relación entre el amor y las dificultades de la existencia (24), la abierta resistencia a definir el ser (25), o la experiencia de la patria (28) en el sentido del que se le quiera dotar. La simultaneidad entre asociación por metonimia entre dos motivos, objetos, recuerdos o imágenes es uno de los mecanismos de composición más recurrentes en las prosas del libro, como ocurre en el relato sobre los frutos caídos (26) o en el texto final de la primera parte (34), en el que la experiencia personal de la escritura materializa su opción por el no sentido y la resistencia a la definición.

De la resistencia al sentido y la certeza se ocupan los poemas de la sección “Descierto”, que comienza con dos paratextos —una declaración de principios y un epígrafe de Montalbetti que me pareció contrario a lo que encuentro en el libro— que reafirman la opción por la divagación y la muerte como rutas artísticas y vitales. Con la diferencia de que las prosas de esta sección son más breves que las de la primera parte, estos textos invitan a renunciar al sentido común y la emoción (38) para atender a los eventos más allá del ego. Ante la tensión entre razón y emoción, las prosas finales son renuncias a la sistematización de la experiencia y a la emoción del lector, para apostar por el asombro y la calma ante la finitud humana. Así, Ejercicios contra el Alzheimer es un libro cuya sencillez y belleza invitan a plantearse la experiencia de maneras distintas, así como a esperar nuevas entregas de su autora.

 

José Miguel Herbozo (Lima, 1984). Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es doctor en literatura latinoamericana por University of Colorado-Boulder y profesor visitante en Colorado College. Ha publicado la plaqueta Acto de Rito (2003) y los poemarios Catedral (2005), Los ríos en invierno (Premio Nacional PUCP de Poesía, 2007), El fin de todas las cosas (2014) y Las ilusiones (2019).

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Lucerna N°13, Traducciones

Cuatro poemas de Antonia Pozzi (Lucerna N°13)

Cuatro poemas de Antonia Pozzi. Traducción y presentación de América Merino. Publicación en Lucerna N°13

[Extracto del texto de presentación]

«Es innegable que Antonia Pozzi construye uno de los mayores aportes de la poesía italiana de la primera mitad del siglo XX, mediante el excepcional lirismo que se distingue transversalmente en su trabajo desplegado en un lapso de apenas 10 años y, aún así, consigue un efecto notable, llegando a ser elevada a la altura de la poesía de Ungaretti, según las palabras de Eugenio Montale, quien propicia la difusión de Parole, libro que reúne toda la obra poética de Antonia Pozzi, cuando decide realizar el prólogo de la tercera edición, publicada por Mondadori, posicionando el nombre de su autora en el medio literario europeo.

En cada uno de sus poemas, Antonia anotó la fecha y, a veces, la ciudad desde la que escribía, llevando una especie de “diario” a partir de estos breves textos: Io non devo scordare / che il cielo / fu in me (Yo no debo olvidar / que el cielo / estuvo en mí) nos dice Antonia en uno de sus poemas, tratando —quizás— de abandonar por un momento la idea de la temprana muerte que decretó para sí, pero, aunque su decisión fuera finalmente irrevocable, no existirá muerte posible para su Poesía.»

 

Acostarse

Ahora la blanda aniquilación
de nadar de espaldas,
con el sol en el rostro
—el cerebro penetrado de rojo
a través de los párpados cerrados—.
Esta tarde, sobre la cama, en la misma postura,
la cándida ensoñación
de beber,
dilatando las pupilas,
el alma blanca de la noche.

Santa Margherita, 19 de junio de 1929.

 

América Merino (Viña del Mar, Chile). Ha publicado la plaquette  Y serán las estrellas, selección y traducción de poemas de la escritora italiana Antonia Pozzi (Ediciones del Trueno, 2020) y el libro de poesía Fractales (Editorial Cuarto Propio, 2015). Cursó el programa de Literatura en el Istituto di Lingua e Cultura Italiana Galileo Galilei, en Florencia, Italia. Participó en el equipo de traducción y corrección de estilo del libro España mía, Portugal mío (2019), del poeta chino Huang Yazhou. Su trabajo poético ha sido destacado en eventos literarios tanto en Latinoamérica, como en Europa y Estados Unidos. Parte de su obra ha sido traducida al francés, inglés e italiano y ha obtenido numerosos reconocimientos, entre ellos, la Beca de Creación Literaria, otorgada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (2012) y la Mención de Honor en el Premio Nacional Juegos Literarios Gabriela Mistral (2008 y 2013).

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Editoriales, Lucerna N°13

Editorial de Lucerna N°13

Alguien que ha dedicado su vida a los libros –a leerlos, escribirlos y editarlos– debería estar encantado y ser el primero en celebrar que el Estado y la sociedad consideren al libro como un bien de primera necesidad. Pero no es necesario escarbar demasiado para darse cuenta de que un deseo como este, en apariencia tan indiscutiblemente encomiable, genera más dudas que certezas. No viene al caso hacer aquí el elogio del libro ni el recuento de su importancia en la historia de la humanidad. Podríamos llenar páginas sobre lo que el libro significa para cada uno de nosotros y para la sociedad. Pero no será necesario. Su importancia absoluta o relativa está fuera de discusión. Lo que aquí queremos examinar es si es viable considerarlo un bien de primera necesidad en un país como el nuestro, con las profundas desigualdades y carencias en las que vivimos, que la pandemia de este año no hizo sino desnudar.

Está claro que la necesidad de un bien, no es algo que el Estado ni nadie pueda fijar por decreto, menos aún en un contexto en que ni siquiera las necesidades más elementales para la subsistencia están garantizadas. En condiciones como estas, la consideración del libro como bien de primera necesidad solo puede sostenerse en sentido metafórico. El libro solo podrá aspirar a ser tal el día en que las necesidades humanas básicas como alimentación, vivienda y salud, se encuentren cubiertas y esto es algo que ni el más entusiasta defensor del libro puede afirmar que se da en nuestro país.

Necesitamos fortalecer el sector editorial peruano, que se publiquen más y mejores libros, que se formen más lectores y lectoras, pero antes necesitamos tener garantizadas las condiciones mínimas para que el libro pueda ser verdaderamente un bien de acceso libre y universal, uno de los requisitos para que sea de “primera necesidad”. El libro solo puede desplegar todo su poder cuando se ha abandonado el reino de la necesidad y se ha arribado al de la libertad. Si solo algunos pocos pueden acceder a este reino y gozar del privilegio del libro y la lectura, entonces el libro será todo lo valioso que podamos imaginar, pero nunca un bien de primera necesidad.

Alguien que vive por y para los libros sabe perfectamente que el pensamiento crítico que se forma con el trato frecuente con estos, no admite concesiones, idealizaciones o romantizaciones que pretendan aislarlo de la enrevesada maraña de condicionamientos en la que nace un bien tan raro, noble y frágil. Nuestro irremisible amor por ellos no nos debe cegar ante la realidad de que en las circunstancias actuales en que vivimos, el libro no puede ser igual de vital que un respirador, un balón de oxígeno medicinal o una cama de hospital. Un auténtico amor por los libros aspira siempre a que todo lo que tenga ver con ellos conserve un manto de equidad, transparencia y realidad. Pues, si no deberíamos falsear la realidad en nombre de nada, ¿por qué íbamos a hacerlo en nombre de algo que estimamos tanto como el libro?

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Los alimentos terrestres, Lucerna N°13

Una jugada de dados nunca abolirá el azar, de Stéphane Mallarmé

Con el decimotercer número de la revista Lucerna, se publica la sexta entrega de nuestra colección de clásicos universales «Los alimentos terrestres». Se trata de Una jugada de dados nunca abolirá el azar, el revolucionario poema del poeta francés Stéphane Mallarmé, con traducción y comentario de Ricardo Silva-Santisteban. Esta edición bilingüe incluye las tres litografías que Odilon Redon preparó para la frustrada primera edición, y el texto se ha compuesto en la tipografía elegida por el propio Mallarmé.

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Lucerna N°13, Sumarios

Sumario de Lucerna N°13 (Noviembre 2020)

Sumario del decimotercer número de la revista literaria Lucerna. En la sección de crítica, artículos sobre la obra teatral Verdolaga de Abraham Valdelomar; la poesía del poeta peruano Alberto Ureta, Efecto invernadero de Mario Bellatin; la obra poética Antígona Gónzalez, de Sara Uribe; y ensayos sobre la melancolía y sobre música y fenomenología en tiempos de cambio. El rescate literario de esta edición es un artículo de Javier Sologuren sobre la poesía de Langston Hughes y Countee Cullen. En la sección de traducción, poemas de Else Lasker-Schüler, Antonia Pozzi, Denise Levertov y Mary Oliver. Además, un cuento infantil de la escritora francesa Marie NDiaye. En la sección de creación, cuentos y poemas de autores y autoras peruanos y extranjeros. En la sección de reseñas, comentarios de libros recientes. Finalmente, en la sección de arte, acuarelas de una artista arequipeña.

SUMARIO DE LUCERNA N°13

CRÍTICA
La propuesta teatral de Valdelomar en Verdolaga
4  Williams Ventura Vásquez

La persistencia romántica de Alberto Ureta
10  Jim Anchante Arias

Locura y transgresión: la sexualidad disidente de la Madre y la Pianista en Efecto invernadero de Mario Bellatin
16  Alexandra Arana Blas

Poéticas de la desaparición: necroescrituras y violencia en Antígona González
22  Rocío del Águila Gracey

Apuntes marginales sobre la melancolía
28  Silvia Yulmaneli Moreno León

Una escucha fenomenológica en tiempos de cambio
30  Alejandra Borea

ESPECIAL
Un comento hallado de Javier Sologuren: “La poesía negra en Estados Unidos: Hughes y Cullen” (1945)
48  Rescate y presentación de Renato Guizado

TRADUCCIÓN
Cuatro poemas de Else Lasker-Schüler
37  Traducción y presentación de Miluska Benavides

“El sermón diario de la montaña es silencio”. Seis poemas de Denise Levertov
40  Traducción y presentación de José Miguel Herbozo

El cuerpo azul de la luz. Cinco prosas de Mary Oliver
45  Traducción y presentación de Manuel Barrós

Cuatro poemas de Antonia Pozzi
52  Traducción y presentación de América Merino

«La diablesa y su hijo», un cuento Marie NDiaye
56  Traducción de Coralie Pressacco de la Luz

CREACIÓN

POESÍA
Poemas & Ilustraciones
60  Maggie Velarde

Poemas
63  Venancio Morten Neriah

Poemas
66  Rocío Fernández

Poemas
70  Hilsa Rodríguez

Poemas
72  Jhonny Pacheco Quispe

Poemas
75  Eduardo Cabezudo Tovar

Poemas
78  Guadalupe García Blesa

Poemas
80  Gianni Cribillero

NARRATIVA
El silencio
82  Fiorella Moreno

La mala hierba
89  Oscar  Valdez Huaraca

LIBROS
90  Ejercicios contra el Alzheimer de Virginia Benavides (José Miguel Herbozo)
91  Parto contemporáneo de Guadalupe García Blesa (Christian Estrada Ugarte)
92  Nudosa Sallqatasta de Oscar Valdez Huaraca (Miluska Benavides)
93  Blanco y negro. La razón contradictoria de Ulises García de Carlos Herrera (Lenin Lozano)
94  Más allá de los cielos. Antología poética y teatral de Carlos Germán Amézaga (Williams Ventura)

ARTE
95  Bolero de sal & Cadáver N°6. Acuarelas, de Verónica Torocahua

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Lucerna N° 11, Narrativa

«La isla de los muertos», de Melanie Pastor Boza

La isla de los muertos, de Melanie Pastor Boza

«La isla de los muertos», publicado en (Lucerna N°11) (Noviembre 2018)]

Por: Melanie Pastor Boza

Ojitos bonitos apareció en la madrugada mientras escribía una carta sin destinatario y sonreí al descubrir que la escribía para él. Apareció del mismo modo en que retoñan las flores, del mismo modo en que los hijos crecen y uno envejece. Apareció, pues, sin darme cuenta. Yo le escribía sin saberlo aún y él me miraba con cautela desde la esquina de la habitación. No lo culpo. Afuera había demasiada bulla, demasiada gente, demasiado tiempo. Las protestas se hacían oír por todo el país, y yo, prudentemente, cerraba las ventanas y me refugiaba en mi bello despacho. No me percaté de su presencia en el alféizar, sino hasta el amanecer cuando los primeros rayos de sol me señalaban. Salí a su encuentro.
—¿Estás solo? —preguntó mirándome fijamente.
—Sí. Aún no llegan —respondí tendiéndole la mano.
Estaba frío. Se alejó unos centímetros de la ventana y se sentó en la butaca que tenía una vista privilegiada de la plaza, en el espacio que yo solía ocupar por las mañanas. Mi despacho era mi pequeño mundo, el lugar más importante de la casa, junto con mi biblioteca. Lo seguí con la mirada y volví a colocarme detrás de mi gran escritorio para dejar que el sol estire su dedo acusador sobre mi cuerpo. Cada día disfrutaba sentir el calor que se incrementaba poco a poco e intentaba quemar mi piel. Los rayos de sol atravesaban la ventana de mi despacho, herían mi rostro de una manera risible y, vencidos, apuntaban directamente a mi escarapela de metal, como si esta fuera a fundirse en el puño que llevo dentro.
—¿Por qué demoraste tanto en venir? —pregunté mientras prendía un cigarrillo.
El joven enmudeció y pareció alejarse aún más en el tiempo. Su rostro era bello y lozano. Lo que más impresionaba, claro está, eran sus bellos ojos color turquesa. Ojos que siempre odió por llamar tanto la atención. Desde pequeño ideó un mecanismo de defensa para alejar a los extraños, aquellos que ni bien reparaban en su presencia, se le abalanzaban, lo cargaban y lo llenaban de besos. Su madre solo reía y se mostraba orgullosa por haber engendrado tan bonita criatura.
La belleza lo había hecho sentirse miserable y asqueado de todo aquel que se le acercara. Aquellas personas sentían que con solo admirarlo merecían como recompensa su agradecimiento y amor. Nunca había comprendido por qué las personas buscaban amar a otras antes que a sí mismas. Tal vez era la única forma de encontrar un sentido a la vida, tan breve, tan mezquina. ¿Y es que acaso la vida no era más que un respiro efímero y la muerte un abrazo eterno?
Las protestas reiniciaron. La mañana había despertado con una ligera llovizna. Me hubiera gustado salir a refrescarme con las gotas que se desvanecían en el aire y morían antes de tocar el suelo, pero lo mejor era seguir esperando. Le recomendé al bello joven que se alejara de la ventana y del panorama horrendo. Podría ser peligroso. Nunca se sabe cuándo podía explotar una turba, pero él seguía abstraído.
—Has envejecido —dijo de pronto.
—Mucho, sí.
—Estás atrapado entre el ruido y el silencio —agregó.
—“Die Toteninsel” —respondí con una sonrisa.
—¿Cómo dices?
—“La isla de los muertos”. ¿Nunca has visto el cuadro?
Reflexioné un momento. No podía haberlo visto aún. Tenía 21 años. Llegaría a la Nationalgalerie de Berlín dentro de unos meses y, desde entonces, cada año regresaría solo para contemplar “Die Toteninsel”.
—Me refería al ruido de la turba y al silencio de este lugar —explicó.
—Tu sentido del humor también se desarrollará en un par de años —volví a sonreír.
Me miró confundido. ¿Podré sumergirme en sus ojos? Es curioso que en la vejez recupere el romanticismo que alguna vez manifesté de manera conveniente. La turba gritaba palabras que no queríamos descifrar. Tomamos un desayuno ligero. No había quién lo prepare. La servidumbre había huido.
—¿En qué momento me convierto en ti? —preguntó mirándome con esos ojos que tanto embelesaban a quien los viera.
—Las circunstancias te harán convertirte en mí.
Hablamos mucho. Revisamos los libros que debía leer para su formación. Escuchó atento, tomó apuntes. La música de Rachmaninov nos acompañaba como en una escena trágica que está a punto de desencadenarse. Si la gran plaza frente a nosotros hubiera estado completamente vacía, formaríamos un bello espectáculo de contemplación. La gran plaza, el gran palacio y, dentro de este, el gran despacho que nos guarecía. Pero toda esa turba desentonaba con nuestro encuentro. Afeaban el cuadro. Cerré las cortinas. Cada vez llegaba más gente y no era nada agradable ver sus rostros, tan sucios, tan patéticos, tan vacíos de conocimiento. Ellos nunca entenderían los mecanismos del poder. Solo servían para producir ruido.
—¡Boom!
Nos agachamos instintivamente. Luego recobramos la compostura. No podía pasarnos nada. El ruido pertenecía al exterior. Continuamos la charla y nos miramos examinando nuestros rostros. Le dije al bello joven que su tarea ahora era entender el mundo y conocer el corazón de los hombres, el punto débil de la humanidad, precisé. Pareció comprender cada palabra que yo pronunciaba. De todas formas, éramos uno. Yo era aquel joven de ojos color turquesa y él, sin saberlo aún, acompañándome, presenciaba la caída de su poder.
La policía se acercaba. Ya no nos quedaba mucho tiempo. Era momento de dirigirme hacia La isla de los muertos, tal y como me lo hacían recordar el cuadro de Böcklin y la melodía sobrecogedora de Rachmaninov. El joven de los bellos ojos contempló su reflejo en el espejo y vio mi rostro avejentado en él. Luego apartó la mirada y me miró con lástima. Solo el color de mis ojos no había cambiado. La policía entró a mi despacho y fui escoltado hacia la barca de Caronte. La turba, las almas errantes, querían hacerme daño, pero estaba protegido. Solo yo podía subir a esa balsa. Solo yo podía ser esposado. Los ojos de un viejo ya no impresionan a nadie. Aquella fue la primera y última vez que me vi a mí mismo cincuenta años en el pasado. Ya podía aceptar mi muerte civil.

 

Melanie Pastor Boza (Lima, Perú). Bachiller en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Colaboradora del portal “Editores y Editoriales Iberoamericanos (siglos XIX-XXI)- EDI-RED” de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (España). Finalista de la VIII Bienal de Cuento Infantil ICPNA 2018. Actualmente se dedica a la investigación, trabaja como correctora y editora de textos, y es profesora de la CEPREUNMSM.

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Poesía

Tres poemas de Erika Aquino

Erika Aquino (Piura, 1988)

     I.

La lluvia refleja la lluvia

              En mi cabeza están naciendo hidras

              ¿A quién cobijas, sino a un pedazo de color estéril?

Soy un tentáculo abrazándote las piernas

El tiempo ha caído al mar

Mi cama es un ovillo de cabellos cansados

De mi cabeza salen raíces hermosas

            Soy campo

de mí crece hiedra púbica

y de mi boca salen barcos de papel. 

 

Frente a los centauros del mar

mi piel resiste al silencio

Las olas golpean la tristeza de mi seno extirpado

Te miro Brausen:

                        Esta ciudad solivianta mis huesos

y no tengo más amor

que esta carne cayéndose a pedazos

 

 

TERCER LABERINTO O LA VOZ DE ANTÍGONA HABLÁNDOLE A ISMENA

 

     I.

En la ciudad han arrojado mi cuerpo

contra el polvo que arranca oscuros centauros

La noche es más lejana

ahora que duerme

en nuestros ojos de halcón marino

“Hemos perpetrado entonces un acto extraño”

Hemos sido testigos de la destrucción de las piedras

            a quienes se les demolía el llanto

            la nueva hierba de su vientre efebo

            el mosto sagrado del vino dulce

Y te pregunto

Si tú  /Ismena/  me oís

Si has muerto aquel laberinto

donde tu miedo era espeso y verde

Y se levanta mi furia

porque no encuentro mi cuerpo

en los anaqueles de la historia

Y el demos me pisotea la carne

dejándome las huellas de sus pies

Y también la memoria me hiere

¿Cómo engendrar este coro que llora y llora

                                                  Y no dice

                                                           Y no hace

                                                                       Y no vive?

¿Cómo amar a este dios irremisible para la tristeza y la justicia?

¿Cómo sanar los latidos de esta ciudad

y perpetrarla en mi piel

si el mundo es apenas un odio pequeño?

¿Me sentís acaso hermana?

¿Sentís el holocausto de esos muslos mutilados

por peces y corazones dilatados?

¿Sentís la caverna de la ley que me sobra en la piel

y se me sale de los poros como sudor impuro?

¿Sentís el miedo que se levanta

y se aleja y cabalga cual caballo herido?

¿Me oís /Ismena?

Y oís esa soledad que se me hace espejo

y me mutila los ovarios para no nacer

           

            ¿Qué vientos arden en tu espíritu /Antí-gona?

           ¿Qué dioses te han abandonado en este emporio delirante?

           ¿Qué fue de tu inocencia y de tus racimos dulces?

            Era otro sol el que apaciguaba las tormentas

            otro domingo que se vestía de demencia

            otro dios en las danzas de la razón

            Entonces

                                    NO ERA NADA

 

 

QUINTO LABERINTO O LA IRRUPCIÓN DE LOS SUEÑOS O TRANSFIGURACIÓN DE LA MUERTE

    

     I.

La hostia en la iglesia fue testigo de la tarde cayéndose en ruinas, de la gestación extraña y telúrica; entonces, la anulación crepitante del agujero negro, el holocausto terrible y espantoso donde nos vimos húmedos y desnudos .

Fue terrible nuestro éxodo a las grietas de la tierra. Nos colocamos allí presos de espanto. Y nuevamente el regreso al caos primordial.

Amé al barro con su noche infinita, nacieron tus ojos de mis costillas. Derrumbé mi andamiaje colosal esquizofrénico, el ruido metafórico, mi piel surrealista.

Y ahora esta lujuria que siento por ti, Artidoro, que no se quebranta ni se adolece  ni se entrega a los musgos de las horas tardías.

 

 

Erika Aquino Ordinola (Piura, 1988). Es magíster en Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú y ganadora del primer puesto en los Juegos Florales de Poesía “Carlos Eduardo Zavela” (Chimbote 2009). Ha publicado en las revistas Plazuela Merino, Sietevientos, La poesía no tiene sexo, Lucerna, Caleidoscopio y la revista de la maestría en Literatura Hispanoamericana Espinela. Ha participado en diversos recitales en las ciudades de Piura, Chiclayo, Chimbote, Trujillo, Lima y París. Ha publicado su primer poemario Laberintos y transfiguraciones (2015), libro del que proceden estos poemas.

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Lucerna N°13, Poesía

Tres poemas de Rocío Fernández

Rocío Fernández (Cusco, 1988)

TRÍPTICO NOCHE

Es tu cuerpo una orquesta de necromancia
arquitectura en Sol sostenido
musical de mármol
en ti se hacen patria las migraciones de mi lengua.
Resuena todavía tu acento
que conocí en cada ternario
a espera de un país que no me conoce, pero me canta
Palosanto, oráculo del siglo
en otra era fuimos adoratorios,
amantes de volcánicas fauces
en un velo terrestre donde todo se sepulta.

Tus manos son un ejército de cítaras
en ellas la noche avanza (y me conduce) al mismo pub en que te vi nacer
bosques de brazos dibujan tu cara y borran tu cuerpo
se hizo humo la sacrosanta nave que nos condujo a tierra
la tristeza de no verte por el alcohol es una premonición del cuerpo antes del cuerpo
elevo la mirada
purasangre bailando la danza delirante de la vida

corto el circuito de la victimización

en tu espinazo cardiaco donde me llevas al taxi
y me siento a derribar el espejo retrovisor que mira al pasado
el conductor es un cetrino manso y mudo
mi control interno en modo automático
mi conductor interno un navegante ahogado por el tritón de tus cantos
mi mente se eleva a tus muslos, hijo de Herodes
Aries, te han puesto
de mí nacen ríos, caudales de serpentina
vómito por la ventana

–   Estamos al aire   –
–   FILM MUDO   –

vamos ahorcándonos la piel y la luna se hace astro mordiendo tus lunares
docentes en arrancarnos las plumas
cielo de alumbre
animal herido adicto al vértigo
cada cicatriz tuya es un pasaje a Urano
quebramos las esquinas del cuarto como al tarso
metatarso
de un soldado extranjero
bailando la danza de la muerte en la piel del ánima
confundidos en la oscuridad de su trance
introducción a la cosmogonía
a la boca abierta de la habitación que nos devora y conduce a la sala
te recuestas en muros hechos de espuma
bajo el hechizo de la gravedad
la materia es un obstáculo en caída libre
y queriendo desnudarnos del cuerpo
rodamos al vacío de la alfombra
adheridos a la tierra como imanes
aunque el verdadero abismo se encuentre hacia los cielos.

Supongo que te conduje a mi negrura
pero despertar y verte es un Ícaro en Caballococha
tu rostro me mira y es una luna diurna
pasajero en onda encantada
un ejército son tus falanges evangélicas dictándome el futuro
y de ti vendrán todos los truenos.

 

CIANOTIPIA

Piedra relámpago
es triste este observatorio
hilos de estrellas se acumulan en los números
fecha natal; abandono; primer beso;
tu rostro en la transparencia de un crematorio reluce
multitudes se asoman a tu estatua
tu piel verdosa, dura y cruel como un ángel se eleva:
–   no habrá otro momento para dibujarte   –
toco tus manos como teclas de un piano
tu rigidez sólo representa el sueño de quien ha vivido
y, vestido de negro como siempre
te entregan al sol de las brasas

Es una trampa el deseo
de despertar y volver a ti
mi cuerpo está derrotado
es un bulto ardiendo en off:

“ausentes están las pisadas de tus ojos
en un mar de concreto se esparce tu memoria
aplaudes a media noche deshilando telarañas
haciendo eléctrica la caída”

Una acuarela fue tu lúcida presencia
en los gemidos de la vida que nos narraba la esperanza
tus instintos, peligrosos aguijones,
demonio blanco en días de cacería,
tu cuerpo se dibuja de pie mientras te acercas a la puerta del horno
un movimiento metálico nos envuelve
el sonido de las brasas, melodía de las esferas
en ninguna página me enseñaron a comprenderte
y ahora te apolillas en la música de Saturno
verde, óseo,
perlado, plateado
te llevo como una maceta en el plexo
jaguar de tamarindo
todos tus días serán memoria.

 

VISIONES OF LA

Quincemil años de existencia
y cada vez peor.
Da vuelta a la historia,
tipifica la península
en la última tumba maya,
Spondylus
entre Tumbes y Guayaquil.
Robo ideas
papel de capellades
impresiones de Arguedas en balances sepia.
Robo versos, pero el poeta invita y desvirtúa
me invita a la mesa
y existe.
Dirán que es vertiginoso
pero robo versos de los aguardientes
esparcidos mientras se derrumba el Perú
y se hace dependiente
y Sucre decide fundar su propio reino
que será la médula del agua.

Robo laberintos de libertador
con los últimos días de Bolívar
que no pudo sobrevivir a América
a Sucre que llegando al Sur se desangra
a San Martín que no se desarticula
del puño español.

Robo la libertad de 200 años
que parece lejana pero aún repercute en casa
con una religión cristiana que se clava más hondo que un crucifijo.
Aun crees en el origen de la técnica del montage
mi estrategia es más sencilla que un cenicero
o enrollar tabaco en un billete de 20
Robo versos y servilletas
donde se escriben poemas de Benedetti
para sonarse la nariz
y en un país donde se permite el robo
pero no el llanto
prefiero entrometerme en las palabras
robar versos más que morir
y Cecilia, proveyéndonos de líneas blancas
en la taza del baño
sin perder la cordura
o la elegancia
o el propio poema que funciona de guardaespaldas
en un soñadero entrevistando a Valdelomar
o Vallejo tratando de pasar del opio al hachís
y el protagonista sale a la defensa
salen dos haces fúnebres en la generación del cuarenta
se encandilan las pesquisas
se acercan revelaciones en la noche
se conoce a mi abuelo
que apellidaba Diamante.

Robo versos,
corales familiarizados con el cristal.

Escribo el poema del mundo
y alguien me golpea el hombro,
simulo invisibilidad,
el cuerpo no pide
sino el cuerpo aficionado a la costumbre
la nariz en blanco
que suena en las reuniones
donde los baños son burdeles de crisálidas.
Quizás el mundo cambió por individualidades
y yo, que tengo las mañas del gallinazo
pero aprendí a sobrevivir como un cóndor
robo poemas como obras maestras
que continúan desde el río interesante
de tu luna oscura
y tu ropa cuando también estás oscuro
¿dónde está el párpado que da rueda a la noche?
y el fuego arde
como tus manos.
Lo sabía, pero antes disimulaba.
Ahora me ofrecen otra puerta
y he comprendido
que cuando llegas a la madurez
empiezas a envejecer.
Robo versos
y hago tratos
que se despegan de mí
pero vuelan conmigo.
Leo, eres el hacedor de todas las habitaciones.
Poeta, no busques mostrar
Sino estar preparado
Agradezco a los manzanos
pero guardo un secreto agrado
por las ciruelas.

 

Rocío Fernández Hurtado (Cusco, 1988). Psicóloga. Durante dos años forma parte del proyecto de experimentación sonora y poesía llamado Sociedad Peruana de Escape. Co-organizó el festival de Poesía Enero en la Palabra en los años 2014 y 2018. Sus poemas han sido publicados en plaquetas y revistas (Antología de Enero en la palabra 2014, 2015, 2018, Electrocardiograma, revista verboser). Poemarios publicados: Oceánide, Cortejo Fúnebre, Accidentes de tránsito, Visiones of LA.

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Artículos, Lucerna No. 10

El proyecto de vanguardia surrealista de César Moro en la exposición de 1935 (Lucerna N°10)

[Extracto del artículo «El proyecto de vanguardia surrealista de César Moro en la exposición de 1935», publicado en Lucerna N°10 (Diciembre 2017)]

Por: Nuria Cano Erazo

En el tiempo, existen diversos modos de expresión de lo sensible, de tal manera que es necesario rescatar aquello que la Historia ha relegado. Esta vez nos sumergiremos en la primera mitad del siglo XX, que, en la Historia del Arte peruano, se conoce por la relevancia de la imagen indigenista. En esta ocasión, el tema es la inserción del surrealismo en las artes plásticas del Perú a partir de la propuesta artística de César Moro.

En esta época, el gobierno de Augusto B. Leguía, desde 1919 hasta 1930, marcó una etapa importante por los exorbitantes préstamos para la inversión de la modernización de Lima. A la par de estos cambios, se promovió la llamada “patria nueva” para la cual la estética indigenista fue indispensable. Con el apoyo del gobierno y las instituciones como la Escuela Nacional de Bellas Artes, esta imagen se convertiría en la representación nacional de lo sensible en determinado tiempo, es decir, esta imagen sería la adecuada para la mayoría social.

Esto no quiere decir que, en ese momento, no hayan existido otras inquietudes ligadas a la creación visual. Registro de ello son las exposiciones en los pocos espacios que funcionaban como galerías de arte. Tomemos en cuenta que una exposición es una acción de organización de imágenes y discurso en un recinto. Surge la necesidad de mostrar al espectador nuevas formas en la representación visual. En algunos casos, se trata de repeticiones de la tendencia del momento, pero en otros se hace evidente una posición innovadora en el medio. Sin embargo, la mayoría de exposiciones eran de estética indigenista. Frente a tal imagen dominante, hubo una exposición organizada y realizada en mayo de 1935 por César Moro dentro de las salas de la Academia Alcedo, actual Conservatorio Nacional de Música.

César Moro, en una de las cartas que envió a su amigo el poeta Emilio Adolfo Westphalen hacia 1946, le recuerda: “Nunca antes habían visto nada semejante, ni insolencia mayor que nuestra exposición del 35”. Además, Westphalen menciona en sus memorias: “Con Moro colaboré en la publicación del catálogo de la primera exposición de pintura surrealista realizada en Lima en 1935 y que escandalizó al público”. Estos dos testimonios son claves para el inicio de la investigación, por una parte, porque Westphalen anuncia la concurrencia del público y la mirada atónita de ellos hacia las imágenes; y, por otra parte, debido a que Moro en su carta reafirma la “insolencia” en las imágenes. Desde esta expresión de dos amigos poetas, ¿cómo hallar los indicios de la importancia de esta exposición? El trabajo de archivo parte de ahí.

El evento expositivo es anunciado en el diario La Crónica del miércoles 1 de mayo. Se mencionan a todos los artistas participantes: “Jaime Dvor, Waldo Parraguez, Carlos Sotomayor y Gabriela Rivadeneira”. Esta exposición duró del tres al quince de mayo. En el anuncio del diario La Prensa, el 4 de mayo de 1935, al día siguiente de la inauguración, a la cual concurrió numeroso público de la escena artística limeña, una nota la denomina: “Exposición surrealista en la academia Alcedo”. En cuanto a la presentación de las obras, E.A. Westphalen describe el espacio y la exposición como “Una sala utilizada más que ocasionalmente para exhibir «obras de arte»”, que “se cubría de imágenes desmedidas e insólitas pero que había que admitir pues se guardaban las apariencias: las pinturas y los trozos de papel pegados tenían marco y había objetos sobre pedestales – todo ello dentro del local habitual”.

A pesar de que se trataba de una exposición colectiva, la mayoría de obras le pertenecían a César Moro, lo cual demuestra su vasta producción pictórica.

En el “Suplemento dominical” del diario La Prensa, llamado Letras – Artes – Ideas, el 5 de mayo de 1935, aparece un comentario donde se define la exposición como efectuada por un grupo de “artistas revolucionarios”; además, se comenta que “Las dos salas ostentaban más de cincuenta cuadros, todos de concepción inesperada para los que normalmente visitan las exposiciones de pintura”. La exposición realmente resultó excepcional para el medio artístico de la época, pues, según el diario, se vieron “Formas extrañas y colores insólitos, puestos en una libertad que debió exasperar a los profesores meticulosos de perspectiva”. En sentido general, se interpreta el carácter de la exposición como “Algo polémico, en plan belígero, el programa interesó mucho como un complemento a la sugestión general de esta muestra especial, juvenil y nueva entre nosotros.” Asimismo, se reafirma que “La mayoría de las obras pertenecen a César Moro”.

[…]

[Las notas a pie de página han sido omitidas para facilitar la lectura en línea]

 

Nuria Andrea Cano Erazo (Lima, 1989). Artista plástica de la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú con mención de honor en la especialidad de Pintura. Magíster en Historia del Arte y Curaduría de la Pontificia Universidad Católica del Perú, con la tesis: El proyecto de vanguardia surrealista de César Moro en la exposición de 1935. Cuenta con tres exposiciones individuales: Bajo soles mostrencos en la galería del ICPNA de San Miguel, 2016. Un río yace en mi espalda en el Centro Colich, Barranco, 2016 y Testimonios Retratados en la galería Le carré d’art de la Alianza Francesa, 2014. Además, ha participado en exposiciones colectivas, como Les chercheurs d’or, en el Castillo de Saint – Auvent, Limoges – Francia; Camino al Bicentenario I: Tarea mi Perú, en la galería Fórum, y Constituciones en la galería L’imaginaire de la Alianza Francesa, 2016. Ganó el tercer lugar en la categoría «Paisaje contemporáneo» del concurso internacional de pintura rápida «Mario Urteaga Alvarado» 2017, en Cajamarca. Finalista en diversos concursos como Pasaporte Para un Artista 2015 y el Concurso Nacional de Pintura del Banco Central de Reserva del Perú 2015.

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Artículos, Lucerna No. 3

La flor de carne: reflexiones sobre Ejercicios materiales de Blanca Varela (Lucerna N°3)

[Extracto del artículo «La flor de carne: reflexiones sobre Ejercicios materiales de Blanca Varela» publicado en Lucerna No. 3 (Julio 2013)]

Por: Ethel Barja

La poeta peruana Blanca Varela (1926-2009) inició su experiencia creadora alrededor de los años 50 en la compañía inmediata de Javier Sologuren, Sebastián Salazar Bondy, Fernando de Szyszlo y Jorge Eduardo Eielson. Esta época mostró una particular efervescencia intelectual que dio lugar al surgimiento de la denominación «generación de los 50», cuya definición no ha llevado a un punto de acuerdo a los historiadores. La asociación del trabajo de la poeta con los escritores de aquel entonces debe entenderse en función de su formación en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, su asidua presencia en la Peña Pancho Fierro de Alicia y Cecilia Bustamante, y su colaboración en las revistas Las moradas y Amaru, dirigidas por Emilio Adolfo Westphalen. Asimismo, compartió con sus coetáneos la incorporación a la literatura de conceptos y técnicas de construcción espacio-temporales de las artes plásticas.

La importancia de la espacialidad en la poesía de Varela reposa sobre los cimientos de la poesía peruana contemporánea. Esta, según Salazar Bondy, reflejaba tanto la belleza «asida a la pulpa misma del hombre» de César Vallejo, como la «alquimia de color, música e imagen» de José María Eguren. Se trata de un sentido plástico que Varela asume y que hace que el espacio pictórico y el poético se confundan. Esta tendencia forma parte de un espíritu topográfico que traspasa la poesía de Varela. Particularmente, en su poemario Ejercicios materiales (1978-1993) este sentido espacial reside en imágenes poéticas asociadas al cuerpo.

El título del poemario hace explícita referencia a los Ejercicios espirituales (1522-1523) de San Ignacio de Loyola. Este libro plantea operaciones espirituales que buscan dejar el alma en condiciones adecuadas para un diálogo con Dios. Según Caroline Walker la contemplación divina, propia del misticismo del siglo XVI, era entendida como un don. Sin embargo, desde la baja Edad Media se sostuvo la posibilidad de una elevación mediada por un deliberado control, disciplinamiento, e incluso tortura de la carne. De ahí que Loyola hable de un acceso a la experiencia mística a partir de un trabajo sobre el cuerpo que libere al alma de las afecciones de este.

Como señala Eduardo Chirinos, la visión de San Ignacio sobre la relación entre alma y cuerpo no es excluyente. Se trataría de una comprensión «moderna» de una alianza que deja atrás la tortura de la carne. Además, como afirma Chirinos, adhiriéndose a Roland Barthes, el trabajo sobre el cuerpo planteado por San Ignacio impone una materialidad en sus ejercicios espirituales, dada la presencia de un cuerpo específico y no conceptual. Por ello, no es extraño que Loyola defina sus «ejercicios espirituales» en analogía con ejercicios corporales, pues plantea que toda acción para preparar el alma y distanciarla de las afecciones del cuerpo y así ponerla en presencia divina es una acción semejante a la de pasear, caminar o correr. Nótese, no obstante, que el planteamiento de Loyola respecto a la relación entre alma y cuerpo no supera la reducción de este último a un mero instrumento para lograr la elevación mística; ya que el control y disciplinamiento median toda preocupación respecto al cuerpo.

[…]

[Las notas a pie de página han sido omitidas para facilitar la lectura en línea]

 

Ethel Barja (Huanchar, 1988). Es autora de los libros Trofeo imaginado entre dientes (2011), Gravitaciones (2013), Insomnio vocal (2016) y Travesía invertebrada. Seguido de Wandeo (2019) por el que recibió el Premio Cartografía Poética 2019 (Perú) organizado por Lumpérica Cartonera. Su escritura ha sido incluida en Voces al norte de la cordillera: Antología de voces andinas en los Estados Unidos (2016) y en las revistas Hostos Review, Los Bárbaros (EE.UU.), Stadtsprachen Magazin, Madera, alba.lateinamerika lesen (Alemania), Lucerna (Perú) entre otras. Es licenciada en Lingüística y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú y maestra en Literatura Hispánica por la Universidad de Illinois en Chicago. Actualmente, vive en Providence (EE.UU.), donde estudia un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad Brown. Su página de autora es: http://www.ethelbarja.com

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