Lucerna N° 12, Reseñas

Reseña de Versión del viaje de Claudia Becerra (Lucerna N°12)

Versión del viaje
Claudia Becerra
Folium
Año: 2018
Páginas: 48

Por: José Miguel Herbozo

La primera entrega de Claudia Becerra Méndez (Puerto Rico, 1990) plantea una convicción que es a la vez razón y estado de ánimo: la idea de que el mundo solo puede conocerse desde la suma y resta de las ‘versiones’ que generamos sobre él. De allí surge el poder significante de un libro que aspira, con modestia sapiente, a transmitir imágenes de la experiencia en la que lo subjetivo permite un acto de conciencia lírica.

Versión del viaje se divide en tres secciones: una primera, que lleva el mismo título que el libro y se compone de dieciocho poemas numerados; una segunda, “Ínsulas de invisible”, compuesta de diez poemas numerados; y una tercera, “Otra vez, el mar”, compuesta de siete. Como puede advertirse en el primer texto, Becerra indaga en el fracaso del aprendizaje al compararlo con las negociaciones de las fuerzas naturales y las invenciones humanas:

No alcanzaste la sabia adivinación de los embarques.
Como ellos, no aprendiste la lección de la cumbre
y del leve hundir de la proa entre oleajes.
Tampoco la rápida adaptación de los mástiles,
el sano juicio, y la trabajada ojera haciendo guardia
a la noche desprendida. Oyes crujir la madera
como una fractura de huesos en desuso.
Arriba la estrella. El ojo en su submundo.
Presientes que no impedirás el naufragio.

Debe advertirse que la medida de lo humano aquí no es ni la experiencia previa ni la tensión presente, sino la forma en que otros seres y objetos negocian situaciones ante las cuales la segunda persona de los poemas fracasa. Este objetivo se logra presentando lo dinámico como clave de la existencia, en contraste con la descomposición y la finitud. Sin embargo, puede advertirse, al contrastar el octavo verso con el resto del poema, que la tensión entre dinamismo vital y finitud de la vida es moderada por objetos y existencias que exceden el accionar subjetivo. Mientras mucha de la poesía del giro subjetivo suscribe la falacia patética como fuente de sentido, aquí la estrella escapa al rango de la acción y el ojo no satisface la pretensión de lucidez. Se dibuja así un cuadro sonoro en el que vivir es negociar el exceso exterior e interior antes de intentar empresa comprensiva alguna.

En el recorrido que propone el libro se advierten variantes de continuidad y expansión de estas premisas: en el segundo poema se busca “tierra firme”; en el tercero, la escritura se plantea como una ocupación para el ordenamiento del mundo. En ambos casos, estos intentos de sistematización terminan en fracaso, revelándose la contradicción que funda tanto la aspiración de estabilidad como la reducción de la escritura poética a forma de escape ante el tedio burgués. Aunque el desarrollo de ambas premisas sería suficiente para considerar correcto un libro de poemas, este libro va más allá al interpretar los estados de crisis como una condición regular.

Un motivo fundante en Versión del viaje se manifiesta en la tensión dinámica que se establece entre el mar y la segunda persona. En cierta medida, la indagación que presenta la voz responde a la interacción entre el mar y otros elementos, así como al vínculo con formas o experiencias vinculadas al agua, como es el caso de la sed, el sudor, la niebla o el deseo. En ese sentido, los poemas 4 a 7, 10, 11, y 16 a 18 confirman una cadena de frustraciones que inicia con los efectos del mar, pero que se extiende con variaciones hacia los actos en curso:

Quisieras acudir al mar
con el corazón inconsciente,
sin la cobardía a destiempo
del converso. Tarareas un canto
que tapice el curso de la ola tras la ola.
El cielo monologa de cara al mar.
Miras al fondo, pero no hay sombra debajo
que te acoja. Estás en medio de la coronación.
El sol hace su proclama, hierve su discurso
sobre tus hombros amonestados.
¿Hacia dónde te exime el extravío?
¿En dónde la pasión lenitiva?

Ante ellos, la voluntad de interpretación se frustra por la imposibilidad de sistematizar o producir beneficio desde lo otro. Más que superar la falaz dicotomía razón – emoción, los poemas dramatizan cómo la agudeza de la razón normalizada fracasa en producir razón. Del mismo modo, los poemas 10, 16 y 18 expresan los riesgos del exceso emocional cuando asumido como estrategia de composición. En ese aspecto, Versión del viaje es un libro restitutivo, pues iguala las aspiraciones racional y emocional en cuanto a su ineficacia compartida.

Las secciones restantes del libro responden en gran medida a las observaciones anteriores. “Ínsulas de invisible” explicita la afinidad de intereses con los de Blanca Varela e Ida Vitale, los diez poemas de la sección plantean, en clave reflexiva, un monólogo sobre el sentido de la empresa de la escritura y el de la existencia también trabado en función del agua como significante decisivo. Por su parte, “Otra vez el mar” cierra el libro con siete variaciones tituladas en torno al mar, en las que Becerra ensaya algunas variaciones al fraseo en verso libre de las secciones anteriores, pues los poemas finales muestran voces ahora  enfocadas en referencias literarias y familiares. Un epígrafe de Juan Ramón Jiménez destaca la distancia entre la interpretación emocional del mar y su existencia, así como la fallida aspiración coercitiva de las operaciones racionales. Ello ocurre en los notables poemas “Variaciones del mar” o “Coloquio sobre el espíritu-isla”, en los que la obstinación permite efectos humorísticos surgidos de la misma distancia irónica antes abordada con seriedad. Ese cambio de tono deriva en la reminiscencia de diálogo en “El mar y tu”, en el que el reposo ante el mar revela la fugacidad de la conciencia y la existencia. Por lo anterior, Versión del viaje me parece una aparición destacable tanto por plasticidad visual y prosódica de sus imágenes como por su madurez reflexiva.

 

José Miguel Herbozo (Lima, 1984). Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es doctor en literatura latinoamericana por University of Colorado-Boulder y profesor visitante en Colorado College. Ha publicado la plaqueta Acto de Rito (2003) y los poemarios Catedral (2005), Los ríos en invierno (Premio Nacional PUCP de Poesía, 2007), El fin de todas las cosas (2014) y Las ilusiones (2019).

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Reseñas

Reseña de Archipiélago de María Belén Milla

archipielago

ARCHIPIÉLAGO
Autor: María Belén Milla
Editorial: Celacanto
Páginas: 51
Año: 2016

Por: Julio Isla Jiménez

Considerar a Archipiélago (Celacanto, 2016), debut poético de María Belén Milla, únicamente como un buen primer libro de una joven poeta, es emplear con él una condescendencia que, a la vista de los resultados obtenidos, se encuentra fuera de lugar. Porque de un libro como este, que no exhibe las costuras de una hechura primeriza ni la ansiedad por impresionar al lector con la poca o mucha originalidad de su autor(a) –algo que lastra muchas veces las primeras publicaciones de algunos poetas–, debe decirse que es un buen libro a secas, cuyos logros nos hacen olvidar por completo que estamos ante el primero de su autora. Archipiélago es, pues, un buen libro de poesía –con todo lo que esto todavía puede significar para quien no ha perdido la fe en sus poderes– que se propone un objetivo mucho más modesto, pero a la vez más duradero, que otros poemarios. No pretende ser la catarsis de una conciencia desgarrada o el testimonio de una generación que busca diferenciarse de la anterior. El modesto propósito de Archipiélago es hacer poesía únicamente con las viejas armas de toda la vida: ritmo, musicalidad, imágenes, símbolos. Y lo consigue con una sobriedad que se evidencia desde la elección del título, una sola pero resonante palabra, que evoca un horizonte geográfico y simbólico abierto, al cual no se le ha querido añadir ninguna carga semántica que pueda direccionar y, por lo tanto, limitar las posibilidades de lectura, confiando a los propios poemas la tarea de revelar la última significación del libro.

De las viejas armas poéticas a las que nos referimos, las más profusamente utilizadas por la poeta son la metáfora, la imagen y la comparación, y lo hace con pareja eficacia en las tres secciones del libro. En los poemas amorosos de la primera sección, «Tres misivas», encontramos una gran variedad de estos recursos: «caridad de bosque», «dedos / de ciruelas maduras», «soledad de convento», «largas y amanecidas / plumas», «blancos / como las capillas arequipeñas, / lejanos / como dos Apus coloniales», que nos revelan una capacidad inventiva de un gran poder de sugestión. En «Puentes breves», segunda sección, predominan más bien las metáforas e imágenes relativas al nacimiento y la muerte, como en los poemas dedicados a la madre y al padre, pero con la constante presencia de elementos del reino vegetal que, detrás de su apariencia de inmutable y pasiva serenidad, preservan un caudal de saberes primordiales cuyo vislumbre constituye la forma más directa de acceder a lo más profundo de la existencia. Es lo que sugieren versos como: «Quizás en algún lugar del mundo / el sueño de un helecho / es materia sagrada / y un portal de caminos». La filosofía poética que se desprende de estos versos –esto es: que solo el acercamiento y la comprensión de la naturaleza nos permiten vislumbrar y experimentar lo sagrado– está sintetizada admirablemente en dos versos del poema «La ofrenda»: «Los rituales de la savia / rebasan al lenguaje». Finalmente, en «Fábulas», última y más heterogénea sección del libro, se revisita personajes, episodios y mitos de la historia peruana y universal para caracterizar a sus protagonistas a partir de aspectos geográficos o naturales; por ejemplo, a Santa Rosa de Lima, como una playa norteña, en la que «los mui muis / le rezan». Asimismo, son evocados personajes como Alejandro Magno e Ismene y escenas como la muerte de una gaviota en «Muerte en el norte» y una boda rural en «Nupcias en Santa Eulalia», donde el elemento vegetal vuelve a ser preponderante.

Apelar a las viejas armas poéticas de siempre, ¿hace de este libro un trabajado pero inane ejercicio poético que no tiene mucho que decir al lector actual? En absoluto. Archipiélago dice mucho y, gracias a su gran poder metafórico, lo hace con una resonancia mayor que la poesía que solo quiere expresar un mensaje y se agota al decirlo. La sensibilidad poética que se adivina en los poemas de este libro no ha soltado las amarras de lo contemporáneo, al grado que no tiene inconvenientes en echar mano de un hecho luctuoso que bien podría haber quedado olvidado en las páginas policiales si no fuera porque la visión empática de la poeta lo rescata, transfigura y eleva al rango de poesía. Se trata del poema «A una muchacha en la torre más alta del Sheraton», uno de los más originales del libro, inspirado en el suicidio de una adolescente desde la azotea del famoso hotel. La voz poética se dirige a la suicida con un tono de íntima complicidad, pero no para indagar o cuestionar las razones de su mortal decisión, o intentar disuadirla, desde la posición de superioridad moral de quien siente compasión por otro, sino para convencerla de que no debe temer por su acto, pues tras consumarlo, su ser se transmutará en algo más grande y eterno: «No importa la palabra: / para mí eres toda de lluvia / y has caído infinitas veces / en la hierba y las hortalizas. / Ahora eres lluvia, te digo».

Que la poesía que solo quiere ser poesía sea vista hoy con desconfianza o altivez por lectores que buscan en ella compensaciones personales particulares, no quiere decir que sus cualidades no puedan ser apreciadas por quienes todavía son capaces de escuchar la «callada y triste música de la humanidad». La poesía de Archipiélago nos devuelve la confianza en que las viejas armas poéticas de toda la vida no han perdido nada de su filo ni de su capacidad para seguir creando nuevas formas de belleza.

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Lucerna No. 8, Reseñas

Reseña de Ríos de ceniza de Félix Terrones (Lucerna No. 8)

Rios.de.ceniza

RÍOS DE CENIZA
Autor: Félix Terrones
Editorial: Textual Editores
Páginas: 311
Año: 2015

Por: Coralie Pressacco

Félix Terrones (Lima, 1980) es seguramente uno de los rostros más prometedores de la literatura peruana actual. Doctor en estudios hispanoamericanos, escritor, crítico y traductor, es autor de la novela corta A media luz (2003), de la novela El silencio de la memoria (2008), del libro de cuentos Cenizas y ciudades (2008) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014).

Su última obra, Ríos de ceniza, es una novela que aborda la experiencia de un joven peruano que decide dejar el Perú y viajar a Francia para continuar sus estudios y convertirse en un escritor famoso. El narrador anónimo comparte con el lector su recorrido por distintas ciudades descritas en sus mínimos detalles. La narración tiene como punto de partida la “mortecina” ciudad de Lima de la que el protagonista desea evadirse para acceder a la cultura viajando a Francia. Allí se mudará varias veces, viviendo en Burdeos, Tours, París y Lyon, cuatro ciudades atravesadas por un río. Sin embargo, la novela no es sólo el descubrimiento de un país o de una cultura sino también una novela de educación sentimental, una reflexión sobre la memoria, el exilio y la escritura, la búsqueda permanente y el descubrimiento de sí mismo. En Francia, el joven peruano se encuentra en el camino con varias mujeres que pautarán su vida amorosa. Pero los amores frustrados, imposibles, que son una constante en las obras de Flaubert y de Balzac que tanto influenciaron la novela de nuestro joven escritor, serán también parte de la experiencia del protagonista.

Sin duda, un tema importante es el exilio, la diáspora peruana. El viaje del narrador recuerda la estancia parisina de autores peruanos como Mario Vargas Llosa o César Vallejo que buscaron en la capital de las letras, el aire que respiraron los grandes de la literatura francesa y la inspiración que les ayudara a convertirse en verdaderos escritores. En la parte central del relato, el autor se identifica con el poeta y traductor Paul Celan, quien precedió sus huellas en la ciudad de Tours y vivió un exilio completo: “Exiliado de su familia, exiliado de su país, exiliado en el amor”. Conforme realiza su experiencia, el escepticismo se apodera del protagonista, quien poco a poco descubre el verdadero significado de la palabra “exilio”. La ambición y el entusiasmo que lo trajeron a Francia, desaparecen paulatinamente para dejar paso a los temores y conflictos internos que ponen en duda su vocación de escritor. La nostalgia atraviesa la novela como un río, la nostalgia y el temor de no saber dónde está ni adónde va.

A medida que avanzamos en el relato, las aguas del Loira se vuelven turbias, agitadas. Pero el río, como fluir del tiempo, metáfora del viaje, es también lo que conduce al narrador a la búsqueda de sí mismo. Porque la vida no es sino un viaje de descubrimientos y de reflexiones, como un río que nos lleva entre sus aguas turbulentas hacia un destino desconocido. Un destino, símbolo del renacimiento entre las cenizas, que bien puede ser el comienzo de una nueva vida.

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Lucerna No. 7, Reseñas

Reseña de Para ahorcar pájaros con tu cabello de Alejandro Mautino (Lucerna No. 7)

Para ahorcar pájaros con tu cabello de Alejandro Mautino

PARA AHORCAR PÁJAROS CON TU CABELLO
Autor: Alejandro Mautino Guillén
Editorial: Killa
Páginas: 55
Año: 2015

Por: Jim Anchante Arias

Para ahorcar pájaros con tu cabello es el tercer poemario de Alejandro Mautino Guillén. A nivel de su estructura externa, lo primero que se aprecia es una recia simetría: la agrupación de siete poemas en cada una de sus tres partes. En total,  21 poemas cuyos títulos van desde “Pájaro 1” hasta “Pájaro 21”. Pero no es lo único: cada parte representa una etapa del día: “Los pájaros del alba”, “Los pájaros del mediodía” y “Los pájaros de la noche”. Organización no gratuita en lo absoluto,  como apunta atinadamente Camilo Fernández en el prólogo. La lectura de los poemas se desenvuelve como un recorrido temporal, pero no de una temporalidad lineal, sino cíclica o mítica, como nos sugiere el locutor del “Pájaro 10” cuando nos dice: “oigo morir  a todos los hombres / por ese tres tan mortal / de repente / la serpiente se muerde la cola / ipso facto” (p. 29). Tres tan mortal. La muerte como oposición a la vida, pero a la vez como complemento de un viaje circular o cíclico, como el vuelo de las aves. Porque no olvidemos que el símbolo-base del poemario es el ave, como pájaro sagrado de o para el amor.

Pues debemos señalar que, ante todo, el presente es un libro de amor. Experiencia gozosa del amor, representada a través de imágenes alucinantes, surrealizantes, que nos recuerdan la sensorialidad y versatilidad nerudiana, así como la sobrecogedora imaginería alexandriana. Pues, como evoca el autor de La destrucción o el amor, el sentimiento esencial del universo establece una comunión no necesariamente calma, sino las más de las veces cargada de violencia: la misma acción de “ahorcamiento” en el título connota una acción belicosa pero a la vez profunda: sobre los restos inertes brota vida, una nueva vida lista para amar: “Porque debajo del sol todos somos solo sombras / alimentando a las horas y a los gusanos más tarde”. Y en el mismo poema: “Porque el amor invoca a todos los muertos / y los conduce a otro infierno memorable” (p. 15). La fiesta memorable del amor es la fusión de Eros y Tánatos. Por eso “desollo a las fieras de la noche que me hablan de ti” (p. 45).

La solemnidad, sin embargo, da paso en ciertos momentos al humor coloquial y al prosaísmo. Por eso, “tú y yo por eso somos en el aire uno solo / chanchos como caballos montados en el charco del amor / cogoteándonos los cuerpos” (p. 44). Hay, así, una visión ecuménica que traspasa las acciones de los pájaros y de las voces que alimentan el poema. Y esos pájaros son víctimas y a la vez victimarios, enemigos y aliados. Esa aparente contradicción explica el amor, como nos recuerda el famoso soneto quevediano. Por eso, en “Pájaro seis” se llega a la desfachatez de enseñarnos cómo serle infiel a una mujer con ella misma. Desfachatez que mantiene vivo el vuelo diurno (o nocturno, son lo mismo) del amor.

Mautino no inventa nada. Pero sí continúa, con peculiar sensibilidad e imaginería, una tradición amatoria cuya llama se apaga y se enciende, casi infinitamente. Como el paso de los días.

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Lucerna No. 5, Reseñas

Reseña de Aguas oscuras del sueño de Joe Montesinos Illesca (Lucerna No. 5)

Aguas oscuras del sueño de Joe Montesinos

AGUAS OSCURAS DEL SUEÑO
Autor: Joe Montesinos Illesca
Editorial: Cascahuesos
Páginas: 61
Año: 2013

Por: Pamela Medina García

Desde Guardián de acantilados (2010), la poesía de Joe Montesinos viaja simbólicamente a través de ciudades como alertando, en esta lógica de desplazamiento externo, la necesidad interna de movimiento e inquietud creativa. El mismo ímpetu viajero se prolonga en Aguas oscuras del sueño (2013), poemario escrito paralelamente a su primera producción, que profundiza en la experiencia del ahora navegante. Esto se anuncia en los títulos de sus tres secciones: “un bote en la niebla”, “exploración a la isla lejana” y “destierro (paisajes nocturnos)” que no solo cohesionan la propuesta del poeta, sino también señalan una voluntad de alejamiento y movilidad, como la del viajero que deja correr su barca sobre el agua, con la misma fluidez de los símbolos convocados en cada poema.

En este universo, las aguas son un refugio de ensoñación donde la voz poética anhela sumergirse o ahogarse para renacer en imágenes cada vez más alucinadas y llenas de onirismo. Los paisajes neblinosos del trayecto descubren ante el pasajero y su bote una realidad desorbitante que la propia voz intentará enunciar a través de efectos plásticos. Por eso, no es casual que la atmósfera enrarecida de Aguas oscuras del sueño esté rodeada de “horizontes impresionistas” entre nenúfares y cielos estrellados, que aclimatan esa pulsión interna por recrear los paisajes e ilustrar el ingreso a la isla. A esto se suma cierta deuda con el surrealismo de Magritte, no solo por la referencia a los sombreros, los paraguas y las manzanas que el enunciador actualiza como símbolos de su poesía, sino por los golpes de irreverencia necesarios para alejarse de una entrega total a la melancolía y seriedad de la que el poeta rehúye, como en el poema “me enamoré de una manzana”.
La misma voz que construye este “poema-cuadro” anticipa en su universo una consciencia de finitud que dinamiza internamente la obra: el hombre acechado en su entorno por la agonía. Es la manifestación de que todo puede acabar, como en un diluvio bíblico, donde el personaje avanza mientras el enunciador reviste a su balsa de dos formas: un arca inacabada a la que el hombre se aferra y un símbolo noble que la voz poética afirma. Porque solo la barca, góndola, bote o balsa es para este universo onírico el único testimonio de su “viaje azul”, la verdad innegable contrapuesta al carácter fugaz de las figuras ensoñadas, y el único recipiente que alberga las ilusiones y los “paisajes estelares” cosechados por el viajero en sus duras estancias. Esta es la teoría vital del poemario: después de navegar la única prueba del viajero es su bote y su cuerpo; ambos, refugio de sus vivencias difusas.

A pesar del desequilibrio y la inquietud discursiva, la poesía de Joe Montesinos ha entendido, muy silenciosamente, que su impulso para seguir respirando es un conocimiento clave de la finitud. Esto se vislumbra en esa pretensión y necesidad de sumergirse en un agua oscura teñida de duelo de la que vuelve a nacer reinventando todo en símbolos luminosos y nobles.

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Lucerna No. 8, Reseñas

Reseña de El libro de la enfermedad de Mateo Díaz Choza (Lucerna No. 8)

El libro de la enfermedad de Mateo Díaz Choza

EL LIBRO DE LA ENFERMEDAD
Autor: Mateo Díaz Choza
Editorial: Paracaídas Editores
Páginas: 65
Año: 2015

Por: Miluska Benavides

Desde su primer poemario, Av. Palomo (2013), Mateo Díaz Choza (Lima, 1989) se planteaba, desde escenarios urbanos, una preocupación formal y temática por la relación entre el sonido y el lenguaje. Esta preocupación adquiere mayor versatilidad técnica y aborda otros dominios de la imaginación en su poemario más reciente, El libro de la enfermedad, en que se cuestiona la materialidad de formas de representación de la realidad como la imagen y el lenguaje. La primera parte del libro se compone de fragmentos cuya imaginería gravita alrededor de la naturaleza invernal, y su tema es el lenguaje. Mientras la naturaleza provee experiencias formales como el sonido-música, el hombre intenta descifrarla a través del lenguaje (en sus facetas visual y sonora), que es útil para nombrar y escribir, pero no empata con el carácter perenne de las entidades del espacio natural. La primera parte enuncia los temas y mecanismos a los que regresará el libro: la tensión entre lenguaje / imagen, fugacidad / sonido y la relación entre ambas tensiones con la permanencia. Acaso por ello la segunda parte –en que se reelabora mitos bíblicos– comienza con un poema sobre el episodio de Saúl, continúa con un poema dramático sobre las visiones de un Sansón ciego, y cierra con el asombro del apóstol Tomás frente al cuerpo de Cristo. El ropaje métrico es versátil y genera dos efectos: la recreación del mito cantado –para ser memorizado– y la reelaboración de figuras ancladas en la tradición literaria, como la agonía del Sansón de Milton. Para el libro, revisitar la experiencia codificada de ver y oír se logra al sumergirse en el mito y re-experimentarlo.

Asimismo, los motivos del poemario se despliegan en la que considero la sección más interesante, “Elogio de los caminantes”, que diseña el recorrido del “yo” que culmina con la asunción de la disolución del cuerpo, y a su vez desnuda el ilusorio control del mundo por medio del lenguaje y el vacío que yace tras la imagen. Esta sección compuesta de cuatro partes y en versículos agrega motivos del paisaje y la antigüedad peruana, que ofrece insumos a la imaginación (hueso, polvo, humo, reflejo y fuego), sobre todo la experiencia frente a la permanencia de la piedra (“No soy la piedra divina,/ Sino la piedra humana”). En la tercera parte, un cuerpo desmembrado es escenario de una transformación (“No temo ya alejarme de la orilla, pues allí volveré de nuevo”), y finalmente se dramatiza la extinción del lenguaje, donde solo queda la canción, que se impone frente a otros elementos formales de materialidad “etérea”. Si hay algo que pueda reprochársele al libro es que su cuarta sección no parece encajar con el resto ni la noción de “enfermedad” parece apropiada para nombrar todo el conjunto poético desarrollado en él. Frente a estos reparos menores, la construcción de imágenes sobre la futilidad y la muerte, y la transfiguración altamente imaginativa de las paradojas de la sensibilidad contemporánea, muestran el proceso de maduración de una poética de motivos propios, preocupada por la materialidad de la poesía y el lenguaje, y a la que poco parecen afectar las fórmulas poéticas al uso.

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Lucerna No. 8, Reseñas

Reseña de Autorretrato del piloto de Paul Forsyth (Lucerna No. 8)

Autorretrato del piloto de Paul Forsyth

AUTORRETRATO DEL PILOTO
Autor: Paul Forsyth Tessey
Editorial: Celacanto
Páginas: 124
Año: 2015

Por: Julio Isla Jiménez

Si no nos dejamos distraer por el barullo que producen los poetas al tratar de convencernos de que sus poemas dicen lo que no alcanzan a decir por ellos mismos, estaremos en condiciones de escuchar la voz de aquella poesía que es capaz de hablar por sí misma sin recurrir a galimatías críticos ni cabildeos generacionales. Esta voz la encontramos en la obra reciente de Paul Forsyth Tessey (Lima, 1979). Después de Anatomía de Terpsícore (2014), una de las obras poéticas más ambiciosas y logradas que se haya publicado en los últimos años en nuestro país, Forsyth publica Autorretrato del piloto (2015), un libro no menos frondoso y abigarrado que el anterior, pero que logra encontrar su propia identidad en su diversidad, pues aunque su organización y unidad no resultan tan evidentes como en Anatomía…, un mismo clima espiritual se respira en todos los fragmentos que componen este autorretrato.

Este clima lo encontramos ya en «Treintaitrés», poema que abre el volumen y que, como en una obertura musical, es un compendio de las preocupaciones metafísicas, existenciales y metapoéticas que campean en la obra. En él vemos desplegarse la aguda conciencia de un yo poético que se sabe en un trance vital que lo ha colocado en una encrucijada de caminos sin claro derrotero. Los momentos más oscuros de este azoramiento no son escamoteados y son asumidos en toda su espinosa realidad. Es por ello que esta poesía adquiere una densidad existencial como pocas en la poesía peruana reciente.

Pero esta exploración no siempre se realiza de manera descarnada, sino también a través de máscaras, como la empleada en el poema «Responso del Minotauro en boca de Teseo», en el que el uso de este recurso no hace menos visceral la exploración; antes bien, como en la paradoja de Wilde de que somos más auténticos cuando hablamos a través de una máscara, la lleva a otro nivel de profundidad poética. En el relato que Teseo nos hace de su peregrinaje desfilan símbolos como el laberinto, el Minotauro, en los cuales no podemos evitar ver una autorrepresentación del autor / poeta / héroe enfrentado a su propio destino. Dice el héroe: «Yo, Teseo, el sinectista de Trecén, / […] / tuve en mi corazón un laberinto / en cuyo centro brillaba esta extraña sensación que hoy / solo entiendo / como la carrera del viento en el desierto». Pero algunos peligros amenazan su misión, como los «salteadores de caminos» que lo acechan «con retóricas engañosas y ardides que blandían como armas / con tal de reducirme, encajarme y malformarme», frente a las cuales se encuentra premunido únicamente de una fatal convicción: «No he de perderme». Este poema contiene, a nuestro modo de ver, más que una poética, una profesión de fe en el oficio poético y este «No he de perderme» bien podría servir de lema a un libro y a una obra poética que no se deja «reducir», «encajar» o «malformar» en el laberinto de indulgencia y medianía en que se encuentra extraviada buena parte de la poesía peruana actual.

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Lucerna No. 6, Reseñas

Reseña de El primer asombro de Denisse Vega Farfán (Lucerna No. 6)

Denisse Vega Farfán - El primer asombro

Denisse Vega Farfán – El primer asombro

EL PRIMER ASOMBRO
Autora: Denisse Vega Farfán
Editorial: Animal de invierno & Paracaídas Editores
Páginas: 85
Año: 2014

Por: Gabriel Canessa

Denisse Vega Farfán (1986) explora la anatomía del poema, rinde un tributo nostálgico con un ansia por el encuentro más allá del tiempo y el cuerpo con artistas que ya han muerto y cuya memoria resuena en los versos de la poeta, recreando pequeñas epifanías en las que la naturaleza confluye con paisajes extranjeros o proyecta un recuerdo ficticio donde el artista camina cual entidad vuelta a la vida en el poema.

Dividido en cinco secciones, El primer asombro inicia con un acercamiento a vuelo de pájaro sobre la constitución del poema: «A lo mejor hay una línea que sobrevuela la muerte / y respira en el poema». En «Manos» prosigue con la búsqueda de la palabra exacta para fijar el verso, donde cuenta «La destreza de detenerse cuando, del otro lado, / algo nos advierte del peligro de seguir acercándonos». Ausculta la cualidad esquiva del verso en «Preguntas por la sed» y «Máquina de coser» y la trascendencia sonora de la poesía en «Oído del poema». En «Justificación del poema», Vega Farfán interpela a la Inspiración. A continuación tiene una «Velada con Li Po» en la que departen sobre el fluir de la poesía, «Te he visto descender las colinas como un búfalo joven / incendiarte en las flores, beber hasta ser la corriente secreta / que arrastra el torrente».  Al final de la primera parte, «Enclave» enuncia la constitución de todo lo que viene «El poema está aquí, tiene forma humana, animal, / de mesa, calle, estrella. Ocupa mi espacio / que ya no es propio. Respira por mí, habla por mí, / en una olvidada lengua por nuestro cansancio. / El poema está listo (…)».

En El oído de los dioses, segunda sección del poemario, Denisse contempla las «fotografías de Georg Trakl» buscando el alma del poeta en los detalles. «Una visita Alejandrina» es un intenso encuentro con Kavafis. Caminamos con Pessoa en «Noche en Lisboa». En «Vincent» el poema en prosa revive la paleta de Van Gogh e «Historia de un Sonido» evoca el destino de Chet Baker unido al de su trompeta. Destaca el encuentro de la voz poética en «Concierto del Ángel». En Paisaje, los poemas surgen de la contemplación de la naturaleza y los objetos (tortuga, cigarras, una pipa de cuerno de Yak y un cuadro de Hopper) en momentos de revelación. Almuerzo sobre la hierba, penúltima sección del poemario, regresa sobre los temas literarios, desde Trakl a Gregorio Samsa. En «De Dónde la fijación de la línea» la poeta persigue el flujo de la pluma que convierte las líneas en letras, las letras en palabras y estas en imagen.

El primer asombro termina con «Recinto» («hasta aquí he venido con la palabra vacía / que soporta el inútil rigor de lo pronunciado»), un lugar de desasosiego –en el que concluye la visita a su memoria y la de sus influencias, los espacios del recuerdo y la génesis del acto poético–, hasta donde su corazón, «un animal de silicio», la ha llevado.

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Lucerna No. 4, Reseñas

El deseo de Berenice de Helmut Jerí Pabón (Lucerna No. 4)

El deseo de Berenice

EL DESEO DE BERENICE
Autor: Helmut Jerí Pabón
Editorial: Paracaídas Editores
Páginas: 95
Año: 2013

Por: Daniel Romero Suárez

«Existen amores demagogos: de esos hay que desconfiar». Con este epígrafe, Helmut Jerí Pabón (Coracora, 1982) empieza su novela El deseo de Berenice, que este mismo año ha sido reeditada por el sello mexicano «Centro Cultural Zona Rosa» como parte de una colección de narrativa erótica. Esta breve novela narra, de manera alternada, las historias de Remigio Figueroa y Berenice Ramírez. El primero es el alcalde de un pueblo imaginario que se entrega a la adoración de una caja que aparece de manera «milagrosa». La burla y el sarcasmo del narrador nos muestra un pueblo corrupto y mermado por una doble moral. El cura se aprovecha de la docilidad e ingenuidad del alcalde; este se aprovecha de su poder para llenarse los bolsillos; los regidores municipales están dispuestos a promover proyectos porque saben que encontrarán «en sus cuentas bancarias un dinero extra que aparecerá así, por obra y gracia del Espíritu Santo» (47).

Por otro lado, la novela nos brinda un retrato de Berenice. Desde pequeña, su belleza fue proporcional a su inutilidad para desempeñar algún oficio. Al morir su madre, Berenice, sola, se enfrenta a un problema: debe saciar su hambre de alguna manera. Por ello, luego de limpiar y arreglar un poco la covacha en que vivía (y que sus clientes bautizarían como «la casita del placer»), Berenice pasó de ser la mujer a la que todos los hombres del pueblo deseaban a la mujer a la que todos podían tener acceso con la suma adecuada.

Sin embargo, el atractivo de El deseo de Berenice no se reduce a sus dos historias que, gracias al ingenio del narrador, confluyen para revelarse parte de una sola trama. Lo admirable de la novela no es el velo que se mantiene sobre lo que une las dos historias, sino que, en el fondo, ambas son un reflejo de la otra. Los habitantes del pueblo de Figueroa se entregan a la adoración de una caja que aparece de manera «milagrosa». Mediante esta caricatura de las creencias populares, se muestra a sus pobladores entregados al «opio del pueblo»; pero, principalmente, se ve cómo el alcalde obtiene un provecho político de la devoción popular. Por otro lado, Berenice es también un opio de aparición excepcional: el pueblo se entrega a ella sin mayor reflexión. En ambos casos, estamos frente a amores fallidos, amores demagogos: la caja es una devoción si no creada, al menos magnificada por la hipocresía del cura y el interés del alcalde en obtener la aprobación del pueblo; los feligreses de Berenice acuden a ella no solo por la lujuria, sino, también, por el espectáculo popular que supone tan bella mujer. De ahí que sus feligreses reclamen: «¡No es justo señores, no a la privatización del placer!» y «Berenice Ramírez, no te olvides del pueblo» (52) cuando se anuncia que trabajará en un exclusivo club. Si bien El deseo de Berenice no muestra personajes de motivaciones hondas o grandiosas, los personajes-arquetipos ayudan a conseguir la universalidad de un tema central en la novela: la falsedad de algunos amores.

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Lucerna No. 4, Reseñas

Reseña de Gravitaciones de Ethel Barja (Lucerna No. 4)

Ethel Barja - Gravitaciones

GRAVITACIONES
Autora: Ethel Barja Cuyutupa
Editorial: Paracaídas Editores
Páginas: 69
Año: 2013

Por: Daniel Romero Suárez

Gravitaciones es un poemario de la Tierra. La voz poética tiene una sensibilidad de la tierra y esto no solo por la clara presencia estructuradora de la diosa clásica Gea, sino también por la presencia, menos explícita, de la Pachamama andina. En Gravitaciones, la voz poética concibe el mundo en términos de los frutos de la tierra, de ahí que un grito pueda ser «ají recién triturado» («Vigilia», 15).

En «Día de campaña» (23), descubrimos que la diosa Gea está desdoblada y en «Sombra» (27) que la duplicación es una condena: ¿la imposibilidad de forjar una identidad? Sin embargo, esa posible falta de identidad a nivel personal, no es el único peligro, pues existe la posibilidad de que la poesía, «palabra orgánica», se extinga. Al elegir Gea purificarse a través de la muerte («Muerte de Gea», 25) cabe la posibilidad de que no vuelva a la vida: «si sus ojos no se levantan / se ahogará la palabra orgánica / el cristal se hará hierro firme / prefiguración del barrote» («Sombra»). Y si Gea no abre los ojos, no podrá renacer «en el animal vivo aprisionado en la lengua» y, por tanto, no comenzará el canto («1 de noviembre», 29), la palabra orgánica, viva.

En Gravitaciones, Gea es, por lo tanto, «musa». No obstante, no es una musa que habla a través de la poeta, sino que alimenta y guía: «en esta sordera navegamos / mientras Gea nos nutre / con su seno cercenado / cuna de la flecha encendida / que abrirá los labios» («Legión», 55). Gea anuncia aquel futuro en que la boca cantará. De ahí la imagen del «arco tensado» en poemas como «Núcleo» (41): «asentarse es no asentarse / […] asentarse es agitar el arco firme» y «Pasaje» (57): «y salgo a la calle con la piel roída / […] para atravesar el centro de tu pecho / para hacerlo madurar / hacerlo arco». Pero, especialmente, es en el último poema, «Gravitaciones» (67) donde vemos la importancia de la imagen del arco. La voz poética ya navega con Gea: «navega el oído en la lechosa sordera de Gea». La epifanía se acerca, pero no se le puede aprehender: «metamorfosis bajo la escama / lo tomas innumerables veces entre tus dedos / y no puedes sostenerlo». Por eso, al igual que el último poema de Trilce, se anuncia lo que está por venir. Se prepara el arco para el disparo final, para el canto definitivo.

En Gravitaciones, la ciudad está casi ausente. Y cuando aparece, es signo de alienación. Pero la solución no es escapar de ella, sino que Tierra se haga presente. Así, en «Reflejos» (35-36), gracias a Gea se mastican las «raíces», signo de la costumbre o rutina que surge «ante cualquier mostrador o en medio de la calle». En «Víspera» (39), el caminar convulso entre las calles fermentadas puede aligerarse al «roturar la tierra» lo que, en última instancia, nos lleva a una poética: «la música no aprendida / descenderá sobre tu lengua».

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