Lucerna No. 7, Traducciones

Ocho poemas de Louise Glück (Lucerna N°7: 2015)

(Fotografía de Gasper Tringale)

Selección, traducción y presentación de Miluska Benavides

Louise Glück nació en Nueva York, en 1943, y creció en el seno de una familia de origen judeo-húngaro. Su larga trayectoria poética, de más de trece volúmenes, entre los que se encuentran The House on Marshland (1976), Descending Figure (1980), The Triumph of Achilles (1985), Ararat (1990), The Wild Iris (1992), Vita Nova (1999), Averno (2006), le ha valido reconocimientos como el Pulitzer de Poesía (1993) y el título de Poeta Laureada (2003-2004). Glück vive en Cambridge, Machassusetts, y se dedica a la enseñanza de escritura creativa en la Universidad de Yale.

La poesía de Louise Glück habla de la cambiante identidad del yo al abordar la relación entre la experiencia cotidiana, el espacio natural y el mito. El mito transfigura la experiencia de la persona como entidad mortal, y la traslada a un relato “completo” y por el que el “yo” accede a una experiencia reveladora. Por otro lado, el espacio natural se convierte en un modelo, porque revela el carácter transitorio del “yo”: el cuerpo es el medio a través del cual se descubre y experimenta el “devenir”. Los poemas se construyen a partir de un “yo-testigo” o personae cuyas experiencias ponen en crisis la objetividad del lenguaje. El lenguaje poético no sirve para la expresión del “yo”, los poemas desnudan la ineficacia del lenguaje frente a la experiencia vivida, a pesar de que se pretende codificarla desde su carácter más material.

En el plano formal, Glück –sobre todo en la primera etapa de su obra– trabaja con el metro corto que privilegia la concisión. Esta decisión formal concentra la mirada “objetivada” o la relación declarada entre el sujeto y el objeto. Su postura en relación a esta poética ha ido evolucionando desde su temprana afiliación a la poética objetivista, hasta sus últimos poemarios, en el que la elipsis se convierte en un mecanismo de expresión de la nada y la quietud.

Esta selección incluye poemas desde sus primeras entregas hasta su último libro, Faithful and Virtuous Night (2014), del que he seleccionado dos poemas.

LOS NIÑOS AHOGADOS

Ves, no tienen juicio.
Así que es natural que se ahoguen,
primero se los tragó el hielo
y después, todo el invierno, sus bufandas de lana
flotaban tras ellos mientras se hundían
hasta que al fin se quedaron quietos,
y la laguna los alzaba con sus múltiples y oscuras manos.

Pero la muerte deberá llegarles de una forma diferente,
tan parecida al comienzo,
a pesar de que siempre habían sido
ciegos y ligeros. Por eso
el resto es soñado, la lámpara,
la gran manta blanca que cubría la mesa,
sus cuerpos.

Y aún escuchan los nombres que usaban
como señuelos deslizándose sobre la laguna:
¿Qué estás esperando?
Vuelve a casa, vuelve a casa, perdidos
en las aguas, azules y permanentes.

De: Descending Figure (1980)

EL TRIUNFO DE AQUILES

En la historia de Patroclo
nadie sobrevive, ni siquiera Aquiles
quien era casi un dios.
Patroclo se parecía a él: usaban
la misma armadura.

Siempre en estas amistades
uno sirve al otro, uno es menos que el otro:
la jerarquía
es siempre aparente, aunque las leyendas
no pueden ser confiables;
la fuente es quien sobrevive,
quien ha sido abandonado.

¿Qué importarían los barcos griegos en llamas
comparados con esta pérdida?

En su tienda, Aquiles
se lamentaba con todo su ser
y los dioses observaban

que era ya un hombre muerto, víctima
de la parte que más amaba,
una parte mortal.

De: The Triumph of Achilles (1985)

MÚSICA CELESTIAL

Tengo una amiga que aún cree en el cielo.
No es tonta, incluso con todo lo que sabe, literalmente habla con Dios.
Piensa que alguien escucha en el cielo.
En la tierra es inusualmente competente,
valiente también, dispuesta a enfrentar la adversidad.

Encontramos en el suelo una oruga en agonía: las hambrientas hormigas trepaban sobre ella.
Me conmueve siempre el desastre, siempre dispuesta a resistirme a la vitalidad,
aunque también con timidez, lista para cerrar los ojos;
mientras mi amiga podía esperar y dejar que los eventos pasaran
según la naturaleza. Para mi consuelo, ella intervino
quitando algunas hormigas encima del animal caído, y la puso
al lado del camino.

Mi amiga dice que yo cierro mis ojos a Dios, que solo eso explica
mi aversión a la realidad. Dice que soy como un niño que entierra su cabeza en la almohada
para no ver, el niño que se dice a sí mismo
que la luz produce tristeza.
Mi amiga es como la madre. Paciente, exhortando a
que me despierte adulto como ella, una persona osada.

En mis sueños, mi amiga me reprocha. Estamos yendo
por el mismo camino, aunque ahora es invierno;
me está diciendo que cuando uno ama al mundo escucha la música celestial:
mira arriba, dice. Cuando miro arriba, no hay nada.
Solo nubes, nieve, un blanco movimiento en los árboles
como novias saltando a gran altura.
Entonces temo por ella; la veo
atrapada en una red puesta intencionalmente sobre la tierra.

En la realidad, nos sentamos al lado del camino, viendo el sol caer;
de rato en rato un canto de pájaro atraviesa el silencio.
En este momento ambas tratamos de explicar el hecho de
que estamos en paz con la muerte y la soledad.

Mi amiga dibuja un círculo en la tierra; dentro, la oruga no se mueve.
Siempre está tratando de hacer algo definitivo, hermoso, una imagen
que exista separada de ella.
Nos quedamos muy calladas. Es muy tranquilo sentarse aquí, sin hablar, la composición
fija, el camino que se vuelve oscuro de repente, el aire
que se enfría, aquí y allá las rocas brillan y relumbran.
Esta es la quietud que ambas amamos.
El amor de la forma es el amor de los finales.

De: Ararat (1990)

EL IRIS SALVAJE

Al final de mi sufrimiento
había una puerta.

Escúchame bien: aquello que llamas muerte
recuerdo.

Sobre mí, ruidos, ramas de un pino moviéndose.
Luego nada. El débil sol
parpadeaba sobre la superficie seca.

Es terrible sobrevivir
como conciencia
enterrada en la oscura tierra.

Luego se acabó: aquello que temes, ser
un espíritu, incapaz de
hablar, terminar abruptamente, la rígida tierra
se inclina un poco. Y lo que pensé eran
aves lanzándose sobre los bajos arbustos.

Tú que no recuerdas
tu paso desde el otro mundo
podría decírtelo otra vez: lo que sea
que regrese del olvido vuelve
para encontrar una voz:

desde el centro de mi vida vino
una gran fuente, sombras de azul intenso
en celeste agua de mar.

VÍSPERAS

En tu prolongada ausencia me permitiste
el uso de la tierra, como quien anticipa
algún retorno de la inversión. Debo dar cuenta
del fracaso en mis deberes, especialmente
respecto a los sembríos de tomate.
Pienso que no se me debe alentar al cultivo
de tomates. Si lo haces, debes detener
las lluvias copiosas, las noches frías que ocurren
aquí con tanta frecuencia, mientras que otras regiones
tienen doce semanas de verano. Todo esto
te pertenece: yo por mi parte
planté las semillas, vi los primeros brotes
como alas quebrando la tierra, y mi corazón
quebrado por la plaga, por los puntos negros
multiplicándose veloces en las filas. Dudo
que tengas corazón, en nuestro entendimiento
del término. Tú quien no discriminas
entre los vivos y los muertos, que son, de hecho,
inmunes al augurio, podrías no saber
cuánto terror enfrentamos, la hoja manchada,
las hojas rojas del arce cayendo
incluso en agosto, en la temprana oscuridad: soy responsable
de estas vides.

De: The Wild Iris (1992)

UN MITO DE DEVOCIÓN

Cuando Hades decidió que amaba a esta muchacha
construyó para ella una réplica de la Tierra
toda igual, hasta la pradera,
pero con una cama agregada.

Todo era igual, incluyendo la luz del día,
porque sería duro para una jovencita
pasar rápidamente de la luz brillante a la densa oscuridad.

Gradualmente, pensó, introduciría la noche,
primero como sombras de las hojas agitadas.
Luego la luna, luego las estrellas. Luego no habría luna, ni estrellas.
Deja que Perséfone se acostumbre lentamente.
Al final, pensó, le parecerá cómodo.

Una réplica de la Tierra
excepto que aquí habría amor.
¿Acaso no todos quieren amor?

Esperó tantos años,
construyendo un mundo, observando
a Perséfone en la pradera.
Perséfone, la que huele, la que prueba.
Si tienes un gusto, pensó,
los tienes todos.

Acaso no todos quieren sentir en la noche
el cuerpo amado: compás, estrella polar,
para escuchar el quieto aliento que dice
Estoy vivo, que también significa
tú estás vivo porque me escuchas,
estás aquí conmigo Y cuando uno gira,
el otro vuelve.

Esto sentía el señor de las tinieblas,
mirando hacia el mundo que había
construido para Perséfone. Nunca se le ocurrió
que aquí no habría más olores,
no habría más comida.

¿Culpa? ¿Terror? ¿Miedo de amar?
Cosas que no podría suponer,
que ningún amante imagina.

Sueña, imagina cómo llamará a este lugar.
Primero piensa: El Nuevo Infierno. Luego: El Jardín.
Al final, decide llamarlo
La Infancia de Perséfone.

Una luz tenue se alza sobre el ras de la pradera,
detrás de la cama. La lleva en sus brazos.
Quiere decirle te amo, nada puede lastimarte

pero piensa
que es mentira, así que finalmente dice
estás muerta, nada puede lastimarte
lo cual le parece
un comienzo más promisorio, o verdadero.

De: Averno (2006)

UNA AVENTURA

1.
Se me ocurrió una noche mientras quedaba dormida,
que había terminado con esas aventuras amorosas
de las que fui largo tiempo esclava. ¿Acabada para el amor?
mi corazón murmuró, a lo que respondí que muchos densos descubrimientos
nos aguardaban, esperando, al mismo tiempo, que no se me pidiera
nombrarlos, porque no podría. Pero la convicción de que existían,
¿en realidad servía de algo?

2.
La siguiente noche trajo el mismo pensamiento,
esta vez vinculado a la poesía, y en las noches que siguieron
otras varias pasiones y sensaciones, de la misma forma,
se apartaron para siempre, y cada noche mi corazón
protestaba por su futuro, como cuando a un pequeño se le priva de su juguete favorito.
Pero estas despedidas, dije, son el curso de las cosas.
Y una vez más aludí al vasto territorio
que se abre ante nosotros con cada despedida. Y con esa frase me convertí
en un caballero glorioso que marcha hacia el crepúsculo, y mi corazón
se convirtió en el corcel sobre el cual cabalgaba.

3.
Yo estaba, como sabrás, ingresando al reino de la muerte,
aunque por qué este paisaje era tan convencional
no sabría decir. Aquí también los días eran muy largos
mientras los años cortos. El sol se hundía tras la distante montaña.
Las estrellas brillaban, la luna oscilaba. Pronto
los rostros del pasado aparecieron frente a mí:
mi madre y mi padre, mi pequeña hermana; ellos no habían, al parecer,
terminado lo que tenían que decir, aunque ahora
podía escucharlos porque mi corazón estaba tranquilo.

4.
En este punto alcancé el precipicio
aun no la senda, la vi descender hacia el otro lado;
aun habiéndose igualado al terreno, continuaba a esta altura,
tan lejos como el ojo puede ver, aunque gradualmente
la montaña que la sostenía se disolvió del todo
así que me encontré a mí misma cabalgando firmemente sobre el aire.
Por todas partes los muertos me alentaban, la alegría de encontrarlos
desaparecía por la labor de responderles.

5.
Así como todos fuimos de carne,
ahora éramos tiniebla.
Así como antes éramos objetos con sombra,
ahora éramos sustancia sin forma, químicos vaporizados.
Sho, sho, decía mi corazón,
o quizá no, no. Era difícil saber.

6.
Aquí acabó la visión. Estaba en mi cama, el sol de la mañana
se elevaba, el edredón de plumas
se apilaba sin criterio sobre la parte inferior de mi cuerpo.
Tú estuviste conmigo;
había una hendidura en la almohada de a lado.
Habremos escapado de la muerte,
o ¿sería esta la vista desde el precipicio?

EL PASADO

Pequeña luz en el cielo que aparece
repentinamente entre
dos ramas de pino, sus finas agujas

ahora grabadas sobre la superficie radiante
y sobre este
alto, alado cielo,

huele el aire. Es el olor del pino blanco,
más intenso cuando el viento sopla a través de él
y el sonido que hace, igualmente extraño,
como el sonido del viento en una película,

sombras moviéndose. Las cuerdas
haciendo el sonido que hacen. Lo que escuchas ahora
será el sonido del ruiseñor, Chordata,
el pájaro macho cortejando a la hembra.

Las cuerdas se balancean. La hamaca
oscila en el aire, atada
firmemente entre dos árboles de pino.

Huele el aire. Es el olor del pino blanco.

Es la voz de mi madre la que escuchas
o es solo el sonido que hacen los árboles
cuando el aire pasa entre ellos

porque ¿qué sonido haría
al pasar entre la nada?

De: Faithful and Virtuous Night (2014)

Miluska Benavides (Lima, 1986). Narradora y traductora. Ha publicado la traducción de Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud (Biblioteca Abraham Valdelomar, 2012), el estudio Naturaleza de la prosa de José María Eguren (Academia Peruana de la Lengua, 2017) y el libro de cuentos La caza espiritual (Celacanto, 2015). Es doctora en literatura latinoamericana por la Universidad de Colorado Boulder y docente de la carrera de Traducción e Interpretación Profesional de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.

Estándar

Un comentario en “Ocho poemas de Louise Glück (Lucerna N°7: 2015)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s