Poesía

Tres poemas de Cristhian Briceño

Cristhian Briceño  (Lima, 1986)

Ted Hughes se casó con Silvia Plath en 1956 y fueron a vivir a E.E.U.U.

«Pasifae alumbró
Con un abrazo
La oscura piel del toro».

Al entrar a aquel cuarto
—Compacto enjambre de langostas—
Avivamos un pálido candil.

Entonces pudimos contemplarnos.

Me vino a la mente lo de Pasifae.

Se puede decir que ambos
Nacimos de esa conjunción
Entre luz y obscuridad.
Así también el Minotauro,
El finito valle de lo existente.

 

 

Nota: Una vez en E.E.U.U. Plath y Hughes se dedicaron a impartir clases en distintos colleges universitarios y volvieron a Inglaterra en 1959. Primero se instalaron en Londres, y más tarde, en 1961, se fueron a Devon. Plath se suicidó en Londres en un frío febrero de 1963, un mes después de aparecer con seudónimo en Inglaterra su novela The Bell Jar (Un error del poema es suponer que la piel del toro que copuló con Pasifae es oscura, cuando, según el mito, se trataba de un toro que poseía una blancura inusual, divina).

(De Breve historia de la lírica inglesa)

 

 

XXV

 

El futuro de un galeote es seguir siendo un galeote.
Un galeote no es atlético como Charlton Heston en Ben-Hur.
Los galeotes no tienen relojes que indiquen la hora de su muerte, ni salvavidas, ni cuencos de plata donde puedan depositar el agua salada que brota de sus oídos y narices.
Hay un dicho popular entre los galeotes: «Asegúrate de estar vivo antes de acostarte. Asegúrate de estar muerto antes de morir».
Los galeotes no tienen tiempo de llenar formularios pidiendo mejoras en su dieta diaria.
Si hay luna llena, ningún galeote se convertirá en hombre-lobo, pero es posible que se ponga a llorar sin causa aparente.
Y los galeotes siempre llevan la espalda tatuada de arroyos.
Pero no hay un solo día en que un galeote no recuerde su patria y las delicias de dormir sin sueño.
Si las tripas de un galeote se confunden con sus costillas, éste habrá llegado a su madurez.
Pero el galeote no es un ser atlético (creo haberlo dicho, no es Charlton Heston), con lo cual sobrevivirá todo el tiempo que su buena suerte se lo permita.
Un galeote es su propio dentista.
Un galeote es su propio psicoanalista.
Un galeote es su propio jardín y fuente y pajarito.
Un galeote es su propio dios.
El hábitat del galeote no es la galera sino su fatiga crónica.
Los galeotes nunca dan la mano, a menos que vayan a tomarles el pulso.
La muerte de un galeote repercute en una sola cosa del universo: la velocidad de la embarcación a la que sirve.

(De La trama invisible)

 

 

XLII

 

Pienso un argumento que es, a la vez, la continuación de El hombre menguante. El protagonista se hace pequeño, casi del tamaño de un intersticio en el cristal, aunque él sigue creyendo que no existe nada tan pequeño como para no ser percibido por Dios. A partir de entonces, su decrecer constante lo lleva a niveles inexplorados de la materia, tal si fuera un biólogo marino inhumándose en las aguas del océano y buscando lo nunca hallado. Pues pasemos las medidas de moléculas, átomos, quarks, etc. ¿Qué hay luego de todo esto? Imaginemos una inversión de este estado, una inversión aparente, como casi todo en el universo percibido. P. ej., lo colosal del tamaño humano para una pulga, pero lo ínfimo que puede resultar para una estrella enana. Nuestro protagonista, entonces, llega a un nivel inapreciable donde pasa de ser nada a ser un gigante —en comparación, digamos, a unas bacterias encaramadas en sus hombros—; luego es menos que nada —es decir, es algo infinito como un paso de la tortuga eleática—, para tornar otra vez a una dimensión colosal, pero invariablemente relativa. Hay una fluctuación en sus estados que me lleva a pensar en la ironía de la realidad. Pronto doy con un impedimento para mi relato, algo evidente, incuestionable, impostergable. En algún punto, el organismo del protagonista se hace tan ínfimo que puede ver ante sus ojos las moléculas de oxígeno flotando como pelotas de golf, de cricket, luego se hacen balones de fútbol, más tarde son globos aerostáticos, después praderas, pequeños mares, inmensas dudas, el plomo irrespirable, la asfixia total.

Aunque no debemos descartar una rápida evolución o el suicidio y la risa.

(De La trama invisible)

 

 

Cristhian Briceño Ángeles (Lima, 1986). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado los poemarios Breve historia de la lírica inglesa (2012) y La trama invisible (2013), y el libro de relatos La literatura en Alaska (2013). En 2012 se hizo acreedor del primer lugar por el relato “Fiebre” en el concurso “El cuento de las 1000 palabras”, organizado por la revista Caretas. En 2013 obtuvo el Copé de Plata en la XVI Bienal de Poesía del Premio Copé, con el libro La comedia inmóvil. Ha sido incluido en El fin de algo. Antología del nuevo cuento peruano 2001-2015 y en Poetas que cuentan. Muestra de relatos peruanos (1913-2013). Sus textos de ficción han aparecido en revistas del medio local como Buensalvaje, El Hablador y Lucerna, y en revistas extranjeras como Revista de Poesía (Venezuela) y Luvina (México). Estudió una Maestría en Literaturas Extranjeras y Literaturas Comparadas en la Universidad de Buenos Aires.

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