Artículos, Lucerna No. 5

Trakl: más allá de la muerte, la descomposición y la decadencia (Lucerna No. 5)

Georg Trakl

[Extracto del artículo «Trakl: más allá de la muerte, la descomposición y la decadencia» publicado en Lucerna No. 5 (Julio 2014)]

Por: Luis Landa Rojas

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Trakl alcanzó reconocimiento general después de su muerte gracias a las publicaciones de Kurt Wolff, descubridor de Kafka y editor de otros expresionistas. Sin embargo, un nombre fundamental en su fugaz carrera literaria es Ludwig Ficker, a quien conoció en Innsbruck en 1912, como editor de la revista Der Brenner (que se podría traducir como El fanal o El incendiario). Ficker representó un papel relevante no solamente en la difusión de la poesía de Trakl (fue él, además, quien recibió de sus manos los dos últimos poemas en el hospital militar), sino que se encargó de organizar el entierro del poeta en el cementerio de Mülhau, ciudad donde, asimismo, lo cobijó en vida, antes de la primera guerra mundial. La intensa pero breve obra de Trakl se compuso desde 1904 hasta su muerte en 1914, y cuenta con publicaciones póstumas. En total, la constituyen alrededor de ciento doce poemas, algunas pocas obras teatrales –que tradujo y que también compuso, y que, a la vez, se encargó de destruir, como “El día de la muerte” (Totentag) y “Fata Morgana”– y algunas cartas, en su mayoría sin fecha.

Muerte, descomposición, decadencia suelen ser temas recurrentes en la poesía de Trakl. A través de una simbología de colores, sensaciones y metáforas que recrean la naturaleza en función de una representación alegórica, su oscura poesía adquiere un contundente significado. El poeta logra una inmersión en la perspectiva muy subjetiva e individual del yo poético, a la vez que accede a un ámbito universal o colectivo. Hacia el final de sus poemas se encuentra este discurso que linda con un carácter ecuménico en “Canción de occidente” (Abendländisches Lied) de la colección titulada “Canto septenario de la muerte”. La voz poética procura un tono melancólico –suerte de evocación elegíaca– con el que se involucra a partir de un recuento de colectividades que configuran este universo de ocaso, universo de decadencia. Ya el título evoca en el adjetivo compuesto por “Abend” y “ländisches” tanto la tierra como la idea de ocaso, anochecer u oscurecer; es decir, la canción tendrá como motivo (adjetivado) la declinación de esta tierra. El yo lírico inicia una enumeración de evocaciones impregnadas de sensaciones, colores y oscuras simbologías a partir del eje temático del título. En primer lugar –como acostumbra Trakl en muchos poemas– expone el ambiente enrarecido con la evocación del primer verso: “Oh aleteo nocturno del alma”. Hacia un sujeto etéreo, la voz poética se revela colectiva y concretamente en un “nosotros, pastores”. Inmediatamente compone la primera estrofa a partir de la descripción del entorno de la situación de calma que evidencia la técnica recurrente de expresar los epítetos con colores y otros efectos sensoriales: “rojo venado”, “flor verde”, “murmurante manantial”, “bosques ensombrecidos”, “antiquísimos sones del grillo”, “la calma verde del estanque”. Todas estas referencias asociadas a la percepción (con sinestesias, metáforas y aliteraciones que las exaltan) conciertan un primer momento de la colectividad y que esta misma, probablemente, continúa desarrollándose en las siguientes estrofas. Por ejemplo, en la segunda, la evocación al momento o carácter bélico de esta comunidad se encuentra soterrada en palabras como “Cruzadas”, “caída de los frutos purpúreos”, “guerreros”. En este punto se observa un evidente contraste entre ambas estrofas que, sin embargo, se conciertan en el “aleteo nocturno del alma” y en “el tierno manojo de ancianos de la noche” que abren y cierran la primera y segunda perspectiva de esta mitad del poema.

La tercera estrofa revela al yo poético encarnado ya no en pastores, sino en “monjes pacíficos” para acceder a un ámbito espiritual de la colectividad –no explícitamente religiosos, a pesar de las referencias directas– en una suerte de entorno de meditación profunda para alcanzar la perfección o la revelación de lo más esencial simbolizado, quizá, en la lucha “por alcanzar el semblante vivo de Dios”. Nuevamente tanto las acciones como “prensar la uva”, y las descripciones de la naturaleza como el resplandor de la colina y el bosque revelan la quietud que nuevamente se opone a la carga bélica de la estrofa anterior.

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Artículos, Lucerna No. 4

El cine de lo sagrado de Andrei Tarkovski: notas sobre las imágenes de la fe (Lucerna No. 4)

Andrei Tarkovski

[Extracto del artículo «El cine de lo sagrado de Andrei Tarkovski: notas sobre las imágenes de la fe» publicado en Lucerna No. 4 (Diciembre 2013)]

Por: Miluska Benavides

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El sacrificio y la responsabilidad del artista: Esculpir en el tiempo
Referirse a la particular mirada de Andrei Tarkovski es detenerse necesariamente en el estilo trascendental. Paul Schrader lo define como un estilo que expresa la experiencia humana con lo sagrado. Sostiene que el estilo trascendental no se trata de un arte religioso, se trata de un cine de la experiencia mística. El estilo trascendente es la manifestación de la estasis, la inmovilidad de la imagen, y que produce en el espectador un efecto de «milagro», de experiencia del arte de lo sagrado, pero a través de un proceso propio del cine, es decir, en movimiento. La predilección de Tarkovski por este tipo de estilo responde a sus creencias y métodos como cineasta. Afortunadamente, dejó escritos agrupados en un libro, Esculpir en el tiempo (1988), que ha sido mal llamado «reflexiones sobre cine», cuando en realidad es más ambicioso: se trata de reflexiones sobre el arte, el tiempo y su representación. Estas reflexiones giran, sobre todo, en torno a la naturaleza sagrada del arte y la responsabilidad del artista.

Tarkovski realiza una serie de consideraciones sobre el arte que parten de su experiencia como espectador de diversos tipos de arte: literatura, pintura, cine, etc. Antes que como simple narrador de anécdotas en sus creaciones, es un observador atento de la técnica y las preocupaciones de sus artistas predilectos: Buñuel, Dostoyevski y Tolstoi, los pintores renacentistas. Sus juicios sobre el ejercicio del artista parten de sus lecturas y experiencias frente a lo que él denomina «obras de arte»: «un juicio de la realidad, completa y culminada […] que da una expresión completa de la personalidad de los seres humanos en interacción con el espíritu». Los planteamientos de Tarkovski podrían ser calificados de ingenuos por un auditorio suspicaz. Habla siempre en términos de «espíritu», «iluminación», «sacrificio», «arte» y «belleza»; sin embargo, plantea los argumentos que articulan su poética con un razonamiento que no es especulativo sino que es resultado de una observación y maduración de ideas que confluyen en su experiencia como espectador, lector, y creador. Siempre hay una secuencia resaltada por ejemplos, citas o un análisis de una experiencia artística detallada. La lógica de la argumentación de Esculpir en el tiempo se distancia de la lógica de la asociación (o de su ruptura) que el cineasta exige en el arte, porque se encuentra en confrontación con una época difícil para una sensibilidad como la suya.

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Artículos, Lucerna No. 2

Retrato de un artista: las memorias de John Maxwell Coetzee (Lucerna No. 2)

John Maxwell Coetzee

[Extracto del artículo «Retrato de un artista: las memorias de John Maxwell Coetzee» publicado en Lucerna No. 2 (Marzo 2013)]

Por: Miluska Benavides

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Infancia, Juventud y Verano: escenas de la vida de provincia
A pesar de la notoriedad por el Nobel, Coetzee ha sabido mantener su vida en reserva; son pocas las entrevistas que otorga a los medios, y sus conferencias se caracterizan por la sobriedad propia de una persona entregada al oficio de la soledad. En 1997 apareció Boyhood, a la que siguió Youth (2002) y finalmente, Summertime (2009).

El título de la serie evoca a Infancia, adolescencia y juventud, autobiografía de León Tolstoi planificada en cuatro partes, pero publicada solo en tres; el subtítulo, «escenas de la vida de provincia» es un guiño a la serie de Balzac, «Scènes de la vie de province», que abarca dos novelas sobre la herencia paterna: Eugénie Grandet y Ursule Mirouët. Las memorias de Coetzee acaso deben leerse bajo estas coordenadas: la dimensión «tiempo» en la vida del artista, como en la biografía de Tolstoi, y además el espacio de la provincia, la herencia familiar y los vínculos de sangre.

La variación sustancial que realiza Coetzee en los dos primeros libros de sus memorias es la supresión de la primera persona y del tiempo verbal del pasado. Infancia y Juventud comparten una estructura y coherencia similar, de casi veinte capítulos cada uno, escritos en primera persona y en presente histórico, mientras que Verano presenta la variación más significativa y más arriesgada: se trata del conjunto de entrevistas que el académico Mr. Vincent –que está escribiendo la biografía del «fallecido» John Coetzee– realiza a cuatro mujeres y a un amigo, así como extractos de los cuadernos del escritor. El hecho de que las memorias de la vida adulta de Coetzee se centren en él como persona fallecida y a través de mecanismos que no son propios de una memoria convencional, como la entrevista y trozos dispersos de diarios, no solo cuestiona los principios básicos del género, sino que además resulta una reflexión sobre la manera en que se escribe (y lee) una biografía, y en especial, una biografía de escritor.

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Artículos, Lucerna No. 3

La Octava Sinfonía: el credo artístico y humano de Gustav Mahler (Lucerna No. 3)

Gustav Mahler

[Extracto del artículo «La Octava Sinfonía: el credo artístico y humano de Gustav Mahler» publicado en Lucerna No. 3 (Julio 2013)]

Por: Julio Isla Jiménez

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El credo humano de Mahler

La Octava sinfonía no es una obra en la cual se perciba una añoranza del pasado o se proclame una vuelta a la rica tradición musical europea, de la que Mahler se siente, por lo demás, heredero y continuador. Después de las innovaciones de las sinfonías precedentes, Mahler sabe que no hay camino de retorno. Antes bien la Octava, con su peculiar estructura y estilo, y su abstracta universalidad, es una obra plenamente inscrita en el espíritu de su época. Ve la luz a inicios de un siglo que, como todo cambio de centuria, junto a los deseos de renovación de los valores estéticos y morales, alberga toda clase de dudas acerca del destino del hombre, que ve que sus logros y esfuerzos en los campos de las artes y las ciencias no consiguen despejar las interrogantes acerca de su porvenir. No es casualidad que la Octava aparezca en este clima de angustia y desesperanza. Como recuerda La Grange: «Es precisamente esta incertidumbre, este malestar, lo que provoca la poderosa afirmación de la Octava. Es más que probable que el escepticismo de su época, la ‘debilidad de nuestros cuerpos’ (‘Infirma nostri corporis’), fueran los que movieron a Mahler a proclamar su confianza en la naturaleza eterna del espíritu humano y a renunciar a la visión trágica que tantas veces había encarnado».

Pero esta «poderosa afirmación» del espíritu del hombre, no entraña una conformista aceptación de las debilidades humanas ni una mera glorificación de las potencias sobrehumanas que constriñen o hacen posible nuestras acciones. Hay ciertamente en la Octava, la expresión de la fe religiosa concreta del artista, pero como en otras obras de Mahler, esta fe no es ciega ni dogmática, sino expresión de un ardiente anhelo, plenamente consciente del dolor y las miserias terrenales. En Mahler ya no hay la robusta e inconmovible fe de Bruckner, sino una más humana y contradictoria, pero no por ello menos auténtica y apasionada. El compositor es dolorosamente consciente de la debilidad de las fuerzas humanas, pero a pesar de todo, en esta sinfonía no deja de expresar su fe, no en los poderes celestes, sino en la humanidad sufriente y en su capacidad para elevarse a lo más alto. Esta aspiración humana hacia la vida eterna ya había sido plasmada por las grandes obras sacras del pasado, como la Misa en Si menor de Bach, la Missa Solemnis de Beethoven o la Grande messe des morts de Berlioz, entre otras. Mahler, con presupuestos ideológicos y filosóficos diferentes, necesita expresar este mismo anhelo pero con un lenguaje artístico y una espiritualidad acordes a su época.

Esta espiritualidad, como ya se dijo, tiene una base humanista y está marcada por el que, según La Grange, es una de las bases del credo artístico y humano de Mahler, el rechazo del materialismo y el racionalismo de su época; la Octava sería, de acuerdo con él, una confirmación de esta creencia. Contra tales tendencias del pensamiento, que para él despojan a la vida de su misterio y belleza, en la Octava Mahler defiende el aspecto espiritual y trascendente de la existencia, que la cree encaminada hacia un destino más alto. Es por ello que su espiritualidad, antes que puramente religiosa, es profundamente humana: «El movimiento ‘Veni Creator’ no tiene nada de oración. Es desde el principio una triunfal proclamación. Con su inconmovible confianza en la naturaleza eterna del espíritu humano, Mahler se dirige al inmaterial e intangible ‘Creator Spiritus’ que inspira y motiva la búsqueda humana»

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